Por: Adriana Garavito / 17.04.2019
Los centros de flotación se han convertido en la nueva promesa del wellness y en una tendencia mundial. En Lima, nos sumergimos en Innsaei Float Studio, recientemente inaugurado, para descubrir cómo funcionan en cuerpo y mente propios.

 

Hay una verdad que no necesita de muchas pruebas: al ser humano contemporáneo le gusta relajarse. No solo eso, sino que como va el ritmo de vida, lo necesita. Pero para lograrlo requiere de una buena alimentación, dormir bien y profundo, hacer ejercicio, alejarse un tiempo del exceso de estímulos (como la televisión, el celular, la radio, el ruido del tráfico), meditar y un largo etcétera. Hacer todo esto un martes a media mañana suena imposible. O más irónico aún, suena estresante.

Pero ¿qué si te dicen que existe un atajo? Que existe una terapia que hará que entres en lo que los científicos llaman estado theta, muy similar a un estado de somnolencia. Un estado al que los yoguis denominan nidra, que es situarse justo en el limbo entre estar dormido y despierto; un punto dulce en el que el cuerpo físico se pierde y tu mente está consciente de ello. Eso es lo que te ofrecen las terapias de flotación, que han ido ganando popularidad de manera exponencial. Solo en Estados Unidos existen ya 300 cámaras de flotación; en el Reino Unido hay 30 clínicas especializadas y en Suecia abundan de tal forma que casi todos sus habitantes han probado una. Ante la inauguración hace un par de semanas de un estudio de flotación en Lima, decidimos sumergirnos en la experiencia.

 

Azul leve
El primer tanque de flotación lo inventó el neuropsiquiatra John C. Lilly en 1954 con el fin de estudiar los límites de la conciencia humana. Era un tanque lleno de agua de mar y para entrar se tenía que usar una máscara de oxígeno. Casi una década después tuvo la idea de flotar en una solución con sales, a temperatura corporal, donde la máscara de oxígeno ya no era necesaria. Según sus pruebas, una hora flotando es equivalente a cuatro horas de sueño.

La dinámica actual es así: entras en una especie de cápsula o piscina con agua mezclada con 450 kilos de sales de Epsom, que permite que el cuerpo flote sin necesidad de esfuerzo. Así durante 60 o 90 minutos, uno se aísla de todo estímulo externo. El impacto en el sistema parasimpático (el que se encarga de relajarnos) es casi inmediato y esa expresión que se usa cuando uno se siente de maravilla —“estoy flotando”— se vuelve literal.

La estadounidense Stephanie Byrd estudió Negocios y Español; tras un tiempo viajando por el Perú se instaló en nuestro país en un trabajo soñado: impulsar las nuevas oficinas locales de Google. “Pero sin darme cuenta la carga laboral fue tanta que comencé a sufrir de dolores de cuello (que se transformaron en hernias) y no podía dormir. Fue terrible”, confiesa. Stephanie descubrió la terapia de flotación en uno de sus tantos viajes y la experiencia fue muy significativa. Hace unas semanas inauguró Innsaei Float Studio con una propuesta que implica un concepto más amplio.

Para empezar, Innsaei no utiliza cápsulas, sino piscinas que son del tamaño de una cama queen con el fin de ofrecer una terapia más amigable para quienes sufren de claustrofobia o ansiedad. Asimismo, está en camino a ofrecer clases de yoga y tratamientos de reiki para que la experiencia sea completa. El plan es crear un spa alternativo.

 

La experiencia
Hay que recalcar que no es para todos. Antes de flotar hay que firmar un papel en el que se asegure no sufrir problemas de corazón ni enfermedades mentales. Mujeres en el tercer trimestre de embarazo son bienvenidas, pero quienes tengan menos tiempo de gestación necesitan una aprobación médica. Y es importante no consumir cafeína ni haber comido un par de horas antes ni tampoco haberse puesto cremas en el cuerpo ni en el pelo.

Unas vez superadas estas indicaciones, el primer paso es tomar una buena ducha, que está situada dentro del cuarto donde está la piscina. Y luego, entrar en ella. Puede hacerse en bikini o traje de baño, por supuesto, pero también está la opción de hacerlo desnudo, como lo hice yo: eso refuerza el ritual simbólico de limpieza; el acto de desinhibición es como un pacto de confianza que ayuda a hacer el espacio tuyo y a sentir aún más íntima la experiencia. Al estar desnudo no sabes dónde termina el agua y dónde empieza el cuerpo.

Boca arriba puedes ver las luces que simulan ser estrellas en el centro del techo; puedes incluso elegir su color. Desde el inicio, busqué la experiencia completa: nada de música (los tapones de oído son opcionales) y la menor luz posible. Debo decir que los primeros minutos fueron difíciles. El cuerpo se me tensó y no sabía por qué. ¿Dónde quedó ese estado meditativo prometido? No pasó mucho tiempo antes de poder identificar mi propio error. Estaba haciendo de todo para flotar, cuando la indicación es bastante simple: no hagas nada, deja que las sales se encarguen.

Y es cierto. Una vez que me dejé ir como si estuviera recostada sobre mi cama, la experiencia cambió y cerré los ojos tranquila. Al principio era muy consciente del movimiento de mi cuerpo, que flotaba en zigzag. Luego, sucedió lo más extraño: mi cuerpo dejó de moverse, pero mi mente me hacía creer que lo hacía.

Me comencé a absorber. Mis ojos se iban hacia atrás y los músculos de la cara se desvanecieron.

Minutos antes podía escuchar el sonido del agua, pero de un momento a otro todo era oscuro e insonoro. De pronto llegó la necesidad de colocarme en posición fetal. Fue entonces que recordé a Stephanie diciéndome que una terapia de flotación simula estar de vuelta en el vientre, protegido, y sin más giré un poco y floté de costado. Diez minutos antes de terminar la sesión, el agua comienza a filtrarse para avisar que el tiempo está por acabar. Cuando noté el sonido del agua fluyendo yo estaba de vuelta boca hacia arriba. Y abrir los ojos fue como despertar de un sueño larguísimo.

Al salir, hay que ducharse de nuevo y lo hice a oscuras, porque la luz no se sentía necesaria. Pese a estar ya de pie, la sensación era la misma: seguía flotando.

Afuera, Stephanie me esperaba con un té negro, frambuesas y un chocolate bíter orgánico. Tardé casi una hora en sentir la gravedad por completo, y cuando lo hice, tuve una especie de golpe de energía. La terapia había funcionado para recargar baterías.

Uno puede flotar cuantas veces quiera a la semana y no importa la hora porque el cuerpo es sabio. Si vas de noche, la transición a tu propia cama es natural. Pero si vas de día, el cuerpo lo toma como restauración de energía y así puedes ir a trabajar más despierto. Es cierto que no todos tienen una experiencia cien por ciento relajante la primera vez, pues no es fácil estar con uno mismo tanto tiempo. Pero como cualquier terapia, necesita de tiempo y hasta práctica. La verdad es que salir de tu propio cuerpo no es para nada una mala idea.

Usos y beneficios.

  1. Varios estudios sugieren que flotar en un tanque de aislamiento sensorial tiene beneficios como la relajación muscular, una mejora del sueño, alivio del dolor crónico (específicamente dolores de cabeza por tensión y contracciones musculares), y disminución del estrés y la ansiedad.
  2. La mayor parte de centros y spas de flotación advierten que así como el estrés es algo que se acumula con el tiempo, los resultados de la terapia de flotación no necesariamente son inmediatos.
  3. En un baño de inmersión con sales de Epsom ocurre un proceso de ósmosis re versa por la cual se absorben minerales y se expulsan toxinas.
  4. Este también puede ser un remedio casero: basta sumergirse en un baño de agua tibia con dos tazas de sales de Epsom, al que puede agregarse unas gotas de algún aceite esencial relajante. Se recomienda tomar un baño con sales de Epsom durante 15 minutos cada vez, dos o tres veces por semana.

 

 

 

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