Por: Vania Dale / 09.04.2019
Es más que música, poeta y escritora, más que “la madrina del punk”, más que una rebelde de muchas causas: con 72 años, Patti Smith representa lo más sensible, revolucionario y cool de la creación contemporánea.

 

Es difícil elegir por dónde empezar. ¿Cuál de todos sus inmensos logros vale la pena mencionar primero? ¿Cómo describir su impacto en la cultura contemporánea? Si hablar de la revolución que fue su llegada al mundo de la música; o de su faceta como escritora y poeta; o simplemente regodearse en la iconicidad que su propio nombre pareciera encerrar casi intrínsecamente. A un personaje tan gigantesco y a la vez tan aterrizado como ella —como su nombre, Patti, que suena tan afable y accesible— puede abordárselo de tantos ángulos diferentes, pero lo cierto es que la suma de todos ellos es la que acaba construyendo, pieza por pieza, la leyenda que es Patti Smith. Una leyenda viva y consciente.

Quizá justamente una de las características de su personalidad, que atraviesa cada cosa que hace, sea su conciencia sobre el mundo que la rodea; fue esa conciencia la que la llevó a soltarse de las ataduras de la educación ultrarreligiosa bajo las que fue criada —su madre era testigo de Jehová—, y es la misma que la mantiene hasta hoy en día manifestándose contra los grandes males del planeta: desde problemas medioambientales hasta injusticias sociales (como, por ejemplo, el indulto concedido a Alberto Fujimori, contra el que marchó en Washinton). Son acontecimientos que podrían considerarse lejanos a la realidad de la cantante, pero así es Patti: política, involucrada, sensible y luchadora.

 

Caballos libres

Nació en Chicago en 1946 y se crió en New Jersey. Abandonó la universidad para mudarse a Nueva York en 1967, con la intención de forjarse una carrera como poeta, pero el destino le tenía preparados planes aún más grandes (si cabe mayor destino que el de un poeta).

Es en la Gran Manzana que conoce a Robert Mapplethorpe, el controversial y ahora mundialmente afamado fotógrafo, que fue su amigo y su amante… su todo. O como diría ella misma, “el artista de su vida”. Después de varios encuentros fortuitos entre ambos —encuentros tan sui generis que eran premonitorios de una hermandad así de singular como la que forjaron—, iniciaron una relación que en un principio tomó una forma romántica, pero que, con el paso del tiempo, se convirtió en una de las historias de amistad más entrañables de las que tenemos registro. “Robert fue mi novio, y para nosotros fue devastador esa transición, pasar de ser tan íntimos a ser solo amigos. Esto rompería a la mayoría de parejas, pero Robert y yo teníamos algo mucho más profundo que cosas como el sexo, vivir juntos o ser físicamente íntimos. Lo que teníamos trascendía todo. Nosotros forjamos lazos a través de nuestro trabajo. Cada uno se sentía magnificado por el otro. Cada uno completaba la autoconfianza del otro como artista. Y ha sido tan fuerte, que aún lo siento hasta el día de hoy. Si me siento insegura, puedo acceder a esa parte de él que cree en mí y sentirme más fuerte”, dijo Patti durante una entrevista en el 2012.

De la mano de Mapplethorpe, ella lo exploró todo. Con él, se mudó al mítico Hotel Chelsea, lugar favorito de las futuras estrellas del rock y de la poesía beat, como Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Allen Ginsberg, William Burroughs y Leonard Cohen, entre otros; e incursionó oficialmente en la música con el lanzamiento del insuperable Horses, un álbum que se convirtió en un hito no solo para la carrera de la artista, sino para la época y la historia de la música del siglo XX. “Rock de tres acordes, fusionados con el poder de la palabra”, así describía Patti su álbum debut, que fue una inyección de frescura para el panorama musical, que, según algunos, estaba adormecido por la intelectualización del rock progresivo. No en vano la llaman “la madrina del punk”.

La foto de portada del disco, de autoría de Mapplethorpe, es muestra del aura de coolness que, sin quererlo —y justamente por eso—, la figura de Patti siempre ha emanado. En ella, una Patti siempre despeinada y de cuello largo mira a la cámara con un gesto indescifrable —pero que muchos asocian con el desafío y la vulnerabilidad al mismo tiempo—, vestida con camisa blanca, tirantes y llevando una chaqueta al hombro, en una actitud típicamente masculina, de badboy. El poder trasgresor que despide esa imagen perdura hasta nuestros días.

Los adjetivos “desafiante” y “vulnerable” describen una mezcla poderosa. Aunque contradictorias en apariencia, son características deseables si pensamos en el agente ideal de cualquier tipo de revolución. “Desafiante” y “vulnerable” son términos que describen bien a Patti, quien, como expresó la cantante Marta Wainwright, es mucho más que una rebelde: “Ella no es solo una poeta renegada, sino es una mujer sabia”.

 

Niña por siempre
No es solo un decir que la historia de amor y amistad entre Patti y Robert daba para escribir un libro, pues así lo hizo ella. En el 2010, lanzó Just Kids, la novela de no ficción que narra las invaluables aventuras de la dupla creativa, y que ganó el National Book Award. Y, si bien el trabajo literario de Patti Smith no le ha valido un Nobel —hasta ahora—, su amigo Bob Dylan la hizo partícipe de la historia de los premios.

En el 2016, el poeta estadounidense fue reconocido con el Premio Nobel de Literatura, y le encargó a Patti Smith que lo recogiera en su nombre. La cantante, visiblemente emocionada, interpretó A Hard Rains A-gonna Fall, uno de los temas más populares de Dylan, frente a un ilustre —y acartonado— auditorio, durante la ceremonia de entrega. Los nervios le ganaron, por lo que pidió empezar la canción de nuevo, en un acto adorable que dejó ver su espíritu de niña eterna, y que no hizo más que consagrarla una vez más como la artista gigante y humilde que es.

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