Por: Adriana Garavito / Fotos: Zelinda Zanichelli / 03.07.2019
El joven arquitecto peruano, que ya está haciéndose un nombre en la escena del diseño internacional, vive en una ciudad de luz y de movimiento. En la cosmopolita y estimulante París, Diego Delgado-Elías ha descubierto el valor de las historias y de encontrar la esencia propia. Su departamento da fe de ello.
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Cada vez que Diego Delgado-Elías evoca su niñez, se reencuentra con una sensación de calma, ecuanimidad y calidez. Se la debe a la casa en la que creció, que era antigua, grande y ubicada en medio del campo. Afuera lo abrazaba la naturaleza; adentro, convivía con el interés familiar por el arte, la creatividad y la arquitectura. Aprendió a contemplar en silencio, a escuchar más allá de las melodías clásicas, a apreciar los espacios y a entender su rol dentro de estos. Sus trazos desordenados, en sus primeros dibujos infantiles, no solo retrataban cuerpos deformes o garabatos, sino interpretaciones tempranas de planos y maquetas.

Su destino estaba marcado en esos planos: crecería para convertirse en arquitecto. Cuando terminó el colegio, llevó unos cursos de arte en Dallas; luego, ingresó en la UPC para estudiar Arquitectura y terminó sus estudios con una maestría en L’École Spéciale d’Architecture, de París. Pensar que, en ese entonces, las palabras que podía decir en francés las contaba con los dedos de las manos. Hoy, con varios años instalado en la Ciudad Luz, no es más que una simple anécdota.

En Lima había hecho sus prácticas con Freddy Cooper (fundador de la Facultad de Arquitectura de la PUCP); al mudarse a Miami, llegó al estudio de Bernardo Fort Brescia, y trabajó para Arquitectónica en Miami y luego en sus oficinas de París. Así llegó a su centro. Con el paso del tiempo ha sabido perfeccionar su esencia y una especialidad que no se limita a la arquitectura. En el 2014, fundó la firma de arquitectura de interiores y diseño que lleva su nombre; con la que ha asumido proyectos de distinta escala que van desde el departamento de un príncipe heredero de Arabia Saudita, remodelaciones y mobiliario, hasta una colección de anillos basada en herramientas arquitectónicas que fue un éxito inmediato. El 2020 cumplirá 40 años y lo hará, sin duda, como uno de los talentos más interesantes de la arquitectura contemporánea: “Estoy muy agradecido, me gusta cuando la gente me escribe para decir buenas cosas de mi trabajo, pero me tomo las cosas con calma. Sigo enfocado en crecer creativamente y en conseguir proyectos interesantes y entretenidos”, responde a eso.

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Todo parte de casa
Es ya de noche, casi de madrugada en París cuando Diego se sienta a contestar las preguntas para esta nota. Es el único tiempo del que dispone en una apretada agenda. Días antes había salido de París para asistir a una serie de reuniones maratónicas; pero, en realidad, lo normal es que aun estando en la ciudad desde el desayuno hasta la cena rara vez tenga más de media hora para dedicarse a algo que no tenga que ver con los proyectos de su estudio. Sin embargo, eso no lo estresa. Le gustaría que los días fuesen más largos, sin duda, pero sabe que está donde quiere estar.

Responde desde el segundo departamento que habita a partir de que se mudó a Francia. El primero, cuenta, era más grande, con molduras y texturas, pensado para organizar recepciones. Este, en cambio, es un poco más pequeño y funcional que va acorde a su nuevo y agitado ritmo de vida. “Con el estudio estoy viajando bastante y quería un lugar más acogedor, privado e íntimo. Un lugar donde guardar las cosas que más me gustan, así como mis piezas de arte”, explica.

La estética es prolija, ordenada, elegante, pero con una funcionalidad minimalista. Los contrastes y la luz que ilumina a través de los techos y las ventanas altas evocan su propia infancia, en la que la tranquilidad del campo era el punto de partida y los cambios de luz del día a la noche eran parte importante de la atmósfera interior. La mayoría de las paredes son blancas, pero muchos rincones llaman la atención por sus tonos gastados, que reflejan la huella del tiempo. Los marcos de los espejos están cubiertos casi en su totalidad de pátina —ese tono oxidado por el que Diego tiene cierta afinidad—; y así la nostalgia y la modernidad conviven, se entienden y, por supuesto, se complementan.

Su departamento ha sido uno de sus proyectos más ambiciosos y de alguna manera comunica sus motivaciones, sus gustos, sus preferencias y su estilo. “Lo que yo  hago es tratar el espacio como si fuese una persona, que tiene carácter y humor”, comenta. Y el suyo tiene su personalidad por donde se la vea: respeta los orígenes, se divierte con las repisas, se inspira en los tonos naturales, se siente libre.

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El departamento se encuentra en un edificio de la primera mitad del siglo XIX; como sucede con los otros inmuebles del centro, aquí no predominan los departamentos sumamente espaciosos, pero el metraje no es un límite para Diego, sino un reto. Esa es otra de las lecciones que le ha dado París. No hay departamento muy pequeño como para no trabajarlo, ni casa muy grande como para abrumarse. Todo tiene que ver con la personalidad, con la creatividad y con no olvidar lo que más importa: contar la historia de quienes habitan el lugar. Preguntarse de dónde vienen y hacia dónde van.

En ese sentido, Delgado-Elías no solo se centra en los materiales, las texturas o los colores que usará en el momento de armar o intervenir un proyecto, sino que se toma el tiempo de conocer a sus clientes, de preguntarles sobre esos datos peculiares del pasado, sus recuerdos más queridos. Quiere entender el por qué de su estilo de vida, la raíz de sus gustos y cuál es el empuje emocional detrás del plano. “Siempre les pregunto qué quieren transmitir”, dice. Esas razones emocionales e intuitivas son los primeros pasos en su proceso creativo.

Diego va más allá de la arquitectura. “En muchos lugares hay arquitectos o decoradores, pero no arquitectos de interiores”, precisa. “Y por eso muchos proyectos pierden su esencia en el proceso. Para mí, las dos expresiones están siempre interconectadas. Uno alimenta al otro. Y en mi caso, siento que es mi deber defender el pensamiento artístico. La arquitectura de interiores me permite llevar una visión mucho más allá. En mis proyectos escojo desde una fachada hasta un picaporte, desde una ventana hasta un cuadro”.

En esos pocos tiempos libres de los que dispone durante la semana, Diego disfruta del café, de la comida y las terrazas de París. No se cansa de ver arte ni arquitectura. Es la ciudad que alimenta esos dos lados que convergen en su ser: el arquitecto meticuloso y el artista emocional. Y es quizá el balance de esos dos aspectos que lo ha llevado a armarse un nombre por sí mismo y lo que lo motiva a encontrar la perfección dentro de la calma. Como él mismo lo explica: “Cuando veo algo que ha funcionado tal como lo imaginé, siento paz”.

 

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