Por: Rebeca Vaisman / Fotos: Leslie Hosokawa y Alonso de Freyre / 03.06.2019
El ceramista Carlos Runcie Tanaka ha hecho de la casa paterna un recinto casi sagrado, donde la memoria familiar se encuentra con el fuego de su taller que  continúa las historias y la vida.

¿Cuáles son las razones por las cuales el ceramista decide quedarse con una pieza que ha salido mal del horno? La respuesta no es sencilla ni única; puede tomar cientos de años formularla. Algunas de las más largas tradiciones, como la japonesa, basan su estética en la aceptación y el abrazo del error. La última muestra del Museo Amano, que reúne objetos de la cultura Chancay (1200 d.C. y 1470 d.C.) así lo demuestra: cántaros imperfectos, cuchimilcos quebrados y accesorios derretidos por el fuego; los ceramistas Chancay no solo los aceptaron, también los usaron, aunque no se pueda determinar con precisión el significado de la prevalencia de esta cerámica imperfecta.

Aun así (o quizás también por esa incógnita) son piezas maravillosas que formaron parte de la colección personal de Yoshitaro Amano, imprescindible coleccionista de la cultura peruana y fundador del museo Amano. Mario Amano, su hijo menor y actual director del museo, y el arqueólogo Walter Tosso quisieron acercar estas piezas a otra exploración, una contemporánea: la de Carlos Runcie Tanaka. Ese encuentro da pie a El fuego no hace concesiones, la exposición que estará en el Amano hasta el 30 de junio.

También Runcie cuenta entre su vasta obra una serie de errores que se han quedado con él, y que incluso le han servido como insumo. En su taller trabaja con temperaturas mayores a 1200 grados, accediendo voluntariamente a perder el control sobre el proceso. ¿Qué hace Runcie con las piezas que salen rotas o deformadas? Las devuelve al horno una, otra vez. Tiene piezas con más de veinte cocciones. Las grietas y las rupturas, ha dicho antes, son parte de su camino. “En mi caso he preservado esta estética como símbolo y testimonio de aciertos, desaciertos, aprendizajes, fallas en el proceso, juventud, experiencia… todo va sumando”, contesta Runcie. “El proceso de esta muestra me hace pensar que no estoy solo en esta práctica, ha habido otros antes, que por otros motivos también respetaron el poder del fuego”.

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Casa tomada
Carlos vive en la casa familiar, aquella en la que creció junto a sus hermanos y a los primos que vivían en la casa vecina. Es este un recinto cargado de significado y de historia. La puerta de la calle se abre a un pequeño y delicado jardín japonés lleno de culantrillos que la madre de Carlos, Elsa, cuida en memoria de su padre japonés: Guillermo Shinichi Tanaka, dueño de El Jardín Tanaka, un vivero que quedaba en el segundo óvalo de Pardo en Miraflores, y que en los años cuarenta fue muy conocido por sus flores y por el jardín y la casita japonesa adonde muchos iban a pasear.

En el hall de ingreso de la casa se impone el óleo en gran formato de Jorge Eduardo Eielson (su Autorretrato del artista adolescente), y una serie de cuencos precolombinos a sus pies; a mano derecha, el escritorio que perteneció al británico Walter O. Runcie, abuelo del ceramista y pionero de la aviación y la aerofotografía que llegó al Perú en la década del veinte. En ese escritorio hoy Carlos lee y escribe notas y cartas.

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Es esta una casa de tonos cálidos y de madera, plena de libros y de muebles de cuero, de alfombras y de textiles, pero sobre todo llena de piezas del propio Runcie Tanaka. “¿Quién te cede así su espacio y su vida para que tú ocupes sus miradas? Qué generosidad la de mis padres”, dice Carlos, mirando hacia el jardín. “Mi casa está tomada, me lo han permitido”. Es verdad: la casa familiar es el contenedor de la cronología del artista; sus primeros experimentos, décadas de trabajo, la cartografía de sus viajes, residencias y colaboraciones; piezas únicas que no fueron pensadas para convertirse en series y de las que no quiere ni puede desprenderse; también obras de amigos queridos, como la serie de óleos de Eielson, el cuadro temprano de José Tola, o las piezas del gran Juan Javier Salazar.

En el jardín posterior Carlos cultiva cactus esféricos (tienen hasta 25 años) que se parecen mucho a algunas de sus esculturas. Estos entes bellos y extraños del desierto guardan la entrada al taller del ceramista, donde el desorden revela el impulso vital de crear.

Oyéndolo hablar junto al horno abierto, uno siente que Runcie se refiere a un ritual religioso. Pero su dios del fuego no es una deidad arrebatada; es un dios silencioso, sabio y solemne. “Mi taller es un espacio de recogimiento”, concuerda el ceramista. “Siento que ingreso a un espacio especial, y sé que hay una relación con ese fuego y los materiales. Recuerdo que uno de mis maestros japoneses tenía siempre una ofrenda para el kami sama, el dios del horno o el señor del fuego, un maravilloso término japonés. Al principio, cuando se es joven, uno piensa que está luchando contra él; después te das cuenta de que estás luchando junto a él para conseguir algo”.

La cerámica en sus manos es religión e identidad. “Cierras el espacio, llenas tu memoria, arrastras lo que tienes y ahí trabajas”, explica Runcie y añade: “Lo siento en esta casa”.

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Recinto sagrado
Todavía recuerda con la misma claridad de sus 19 años aquella conversación que no debió oír, con la cabeza apoyada en la pared del cuarto de sus padres y el corazón agitado: “Él se quiere ir, dice que quiere estudiar cerámica, ¿qué será de él?”, exclamaba su padre, Walter, reacio a permitirle dejar la carrera de Filosofía que estudiaba en la Universidad Católica, para embarcarse en un viaje al Japón. “Él siempre ha sido un chico serio”, replicó entonces su madre, la mujer que quiso ser artista y que no pudo pues la época y la sociedad requerían que fuera ama de casa. Ella sabía. Y con esa certeza se aseguró de que su hijo partiera rumbo a Ogaya, un caserío a 400 kilómetros en el sur de Tokio, donde vivían apenas veinte familias ceramistas entre los bosques escondidos de esas montañas japonesas.

“Otro padre te diría: ‘Sal, haz dinero, haz empresas’; pero cuando volví mi padre me dijo: ‘Hijo, aquí tienes todo. Y si te falta espacio puedes seguir avanzando por la casa’”, recuerda Carlos. Lo cierto es que Elsa y Walter le permitieron descolgar sus espejos cajamarquinos, sus máscaras de cobre y sus cuadros, y poner en su lugar sus propias obras. “Quizás encontraron algún significado en dejar que me expandiera así”, reflexiona el ceramista. “Parece que yo ocupara la casa, pero en realidad esta guarda la memoria de todos los integrantes. Yo creo que mis padres fueron sumamente generosos, pero también inteligentes, y es así como ha podido perdurar la memoria de los padres, los abuelos y las familias. Hay quienes me dicen ‘corta el cordón umbilical’, pero yo digo que debe estar como esa enredadera…”, Runcie Tanaka señala nuevamente hacia el jardín. “Mi obra se va quedando aquí, se va sembrando, como las plantas. La casa me ha protegido”. Y él ha sido su guardián.

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