Por: Vania Dale / 03.05.2019
Ha sido imposible evitar que su carrera se desarrolle bajo la sombra de su hermana Beyoncé. Sin embargo, el talento de Solange Knowles merece un espacio propio y su nueva producción discográfica lo demuestra.

 

“La hermana hipster de Queen B”, “la heroína de culto del clan Knowles”, “no es solo la hermana de Beyoncé: es Solange”. Estas son algunas de las formas en que los medios acostumbran a presentar a la tremenda Solange Knowles y que demuestran que resulta casi irresistible mencionar a su más famosa hermana mayor a la hora de hablar de ella. Tiene que ver con el hecho de que, para muchos, Queen B es la reina absoluta del universo; también con que Solange debutó en el mundo del espectáculo como reemplazo de una de las bailarinas de Destiny’s Child, el grupo que −sin duda− lideraba su hermana. Incluso yo, que me planteé no hacerlo antes de empezar a escribir este artículo, he terminado usando la referencia a Beyoncé como inicio: por querer señalar esa “mala costumbre”, he incurrido en ella. Parece no haber escapatoria.

Pero no se trata de hablar de Solange por ser la hermana de Beyoncé, sino, más bien, de reparar en el hecho de que, a pesar de serlo, haya logrado convertirse en lo que es. Ella, que siempre ha buscado liberarse del peso del apellido Knowles con declaraciones como: “Estoy muy orgullosa de su éxito, pero yo no podría hacer lo mismo” o “me ha dado una imagen muy clara de lo que no quiero que ocurra”, en referencia al estrellato de su hermana, ha logrado su cometido: limpiarse la estela de Beyoncé, y hacerse un nombre propio, lo cual es, per se, un mérito loable. Pero lo verdaderamente loable vive en su música. Separen un sitio en la mesa, porque Solange ha llegado a casa.

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Como en casa
Inspirado en su natal Houston y con colaboradores de lujo, como Devonté Hynes (más conocido como Blood Orange), Earl Sweatshirt o Tyler “The Creator”, Gucci Mane, Sampha, Pharell Williams, entre otros, el nuevo disco de Solange, When I Get Home, lanzado los primeros días de marzo, está compuesto por 19 canciones que bordean los 3 minutos y entre las que resulta difícil reconocer una estructura tradicional de canción. Uno no sabe en qué parte del tema se está: si en el coro o en la estrofa, o si hemos pasado a uno de los varios interludios que el disco alberga.

La primera vez que lo escuché, no me di cuenta de que estaba ya en la cuarta canción cuando me pregunté si acaso había pasado a la segunda. Con temas cortos y muy bien hilvanados, el quinto álbum de Solange es una colección de estados de ánimo regados por aquí y por allá que se percibe en su totalidad como un gran loop, como imágenes sin un significado preciso −o, al menos, difícilmente aprehensible a la primera− que se repiten y se ligan unas a otras, formando un collage sonoro difuso, más pegado a lo abstracto que a lo figurativo.

Pitchfork, la autoridad en crítica musical, asegura que “When I Get Home es particularmente hermoso, como una pieza de ambient que no está comprometida por la catarsis emocional de A Seat at the Table [el álbum previo del 2016]. Aquí [en When I Get Home], Solange no tiene prisa. El álbum premia la repetición, en la escucha y en la ejecución”. Kate Mossman de The Guardian, por su lado, también ofrece una imagen precisa sobre el álbum: “Por momentos, suena como una colección de demos: impresiones fugaces de canciones de soul fluidas y contemporáneas que se desvanecen en el momento en que se establecen, como un álbum de Snapchat”, opina. “Está en consonancia con la naturaleza cada vez más vanguardista de la producción de R&B de hoy en día, que se puede escuchar en todos, desde Frank Ocean hasta Ariana Grande: las canciones se sienten como bocetos; los ganchos y los coros importan menos; y la música se concibe, tal vez, teniendo en cuenta las imágenes, a la manera de Limonade de Beyoncé”. Sin embargo, le da apenas 3 estrellas de 5.

Si A Seat at the Table le valió los reconocimientos de prácticamente todas las revistas especializadas, ahora la crítica está dividida entre quienes piensan que la nueva entrega se trata de un disco magistral y los que creen que está bueno, pero que es intrascendente.

En mi opinión, Solange ha superado su propia marca con este nuevo álbum en ciertos aspectos. When I Get Home es superlativo en cuanto a producción. La atención al detalle y el cuidado en cada una de las composiciones, por minimal que estas sean; el criterio para los arreglos y la elección de instrumentos; el buen gusto para las líneas de bajo y para el empleo de las cajas de ritmo; y el nulo miedo al vacío que se perciben en el disco hablan muy bien de la musicalidad de Solange −y de la gente de la que se ha rodeado, por supuesto−.

 

Un discurso completo
El buen gusto de Solange se plasma también en su ropa, que, aunque dueña de una estética muy propia, rinde homenajes y hace statements, con piezas vistosas, coloridas y sin miedo al print. “La moda es algo político”, ha dicho. “Cuando decido llevar un estampado, estoy haciendo una declaración política. Las mujeres negras a menudo intentan no llamar la atención. Conmigo no tienes otra opción más que mirarme”.

En las portadas de sus dos últimas producciones musicales, dedica especial cuidado a resaltar accesorios (ganchitos para el pelo y “joyas faciales”) pues sabe lo mucho que ciertos ítems pueden expresar sin tener que decir una palabra. La imagen que Solange proyecta es el correlato visual de su esencia como artista, impregnada en sus letras que hacen referencia a la fuerza femenina y a la cultura afroestadounidense.

Este 2019 volverá al festival Primavera Sound en Barcelona, acompañada de sus músicos y sus coristas diosas etéreas envueltas en trajes de color entero que coreografían lo que cantan−a hacer gala de todo lo que es: una artista de pies a cabeza que, quiéralo o no, no en vano se apellida Knowles.

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