Por: Adriana Garavito / Fotos de Morfi Jiménez y Camila Rodrigo / Maquillaje y peinado: Olga Soncco y Arenna Alva / 03.05.2019
Es quizá la relación más compleja; la primera que establecemos. Una dualidad que nos define. En el caso de las hijas mujeres, reconocerse en la madre supone un proceso de rebeldía, aceptación y agradecimiento. Como el reflejo en el espejo que felizmente acompaña toda la vida.

 

Josefina Barrón y Adelaida Crews

Foto: Morfi Jiménez

Son muchas las cosas que hacen juntas: escuchar música con el volumen alto, por ejemplo; también viajar. Y juntas, comparten una peculiar sensibilidad, esa que logra que sientan lo mismo ante un paisaje, una obra de arte, un color extraño o una escultura. Son cómplices de una manera de relacionarse con el mundo.  Madre e hija con ojos y miradas más que parecidas.

Josefina -poeta precoz, escritora y periodista cultural- heredó su afinidad por el arte, la música clásica, el ballet y la literatura de su propia madre, Martha Mifflin (directora de Radio Filarmonía). Y como una acción inevitable, su hija refleja esas pasiones a su manera. “Yo no me copio de mi mamá, pero sí me siento como un ser inspirado en ella”, dice Adelaida, que actualmente estudia cine en Miami. “Rescato muchísimas cosas positivas. Admiro su empatía y su comprensión. Y más que nada su transparencia. Siempre le puedo mostrar mi verdadero yo, y lo mismo ella a mí”.

Josefina confiesa que fue una madre permisiva, que no supo marcar la línea de lo estricto. Y con Adelaida se sintió –como ella así lo describe- como meter un huracán en un vaso. Mirando hacia atrás, piensa que debió ser menos flexible y muchas veces le pide perdón por eso a sus hijos; ellos solo se ríen y le aseguran que ha hecho un buen trabajo. A las pruebas se remiten. Josefina aún no deja de sorprenderse del tesón y la audacia de su hija, y más allá de la herencia familiar, se siente conectada con ella de una manera que trasciende su cuerpo: “Estoy tan orgullosa de ella que no entro en mi piel”.

 

Marylin Saldaña y María Condezo

Foto: Camila Rodrigo

 

La terquedad puede ser una virtud. Así piensa Marylin Saldaña, una de las modelos más reconocidas de la industria de la moda local. Y lo hace porque así creció; porque sobre terquedad y perseverancia tuvo la mejor maestra: su madre, María Magdalena. Desde muy niña, Marylin vio en su madre una energía poderosa y junto a su padre, se encargó de protegerla a ella y a sus hermanos y a enseñarles que podían lograr lo que se proponían.

Con tan solo 12 años, Marylin ya estaba camino a alcanzar el metro ochenta y jugar vóley era una opción interesante pensando en el futuro. Pero su madre la inscribió en una escuela de modelaje. “Mi mamá no sabía mucho de modelaje, pero tuvo una intuición”, cuenta Marylin. María tuvo razón. Al poco tiempo de iniciada la llamaron para ser parte de una edición de LIF Week y caminó por las pasarelas de diseñadores peruanos y también en la de la casa española Custo Barcelona.

Desde ese momento, su madre decidió que debía reorganizar su vida para apostar por ella. “Yo era una niña, así que mi mamá me acompañaba a todos los castings y fotos”, dice. Así, su éxito actual se debe a un esfuerzo de ambas. Ninguna de las dos conocía de diseñadores, pasarelas, tendencias o styling. Pero sabían y saben que la belleza es algo que no solo se refleja en un espejo o en una foto, sino que se emana. Viene de adentro. Como esa energía de María que alimentaba a toda su familia. Ahora, con 20 años, Marylin asegura que no lo hubiese logrado sin el esfuerzo de esa mujer que tanto admira. “De ella heredé toda mi fuerza”.

 

Almendra Gomelsky y Macarena Awe

Foto: Camila rodrigo / Joyas de Casa Banchero

Cuando Almendra observa a su hija Macarena, se ve mucho en ella: la mirada, la sonrisa y decenas de facciones pequeñas. Pero le basta observar más detenidamente para toparse con una diferencia radical: “Yo no tenía tremenda personalidad”, se compara. Puede parecer una conclusión llevada por el amor maternal, ese que convence de que el vástago tiene siempre más cualidades que lucir. Pero en este caso parece ser la pura realidad: Macarena nació con la confianza que Almendra desarrolló con el tiempo. Y esa es una diferencia que llena de orgullo a su madre.

Macarena siente que Almendra se preocupa demasiado por ella y por todos los que la rodean. Pero la entiende. “Ahora que estoy más grande y veo todos los peligros, todo tiene sentido”, dice. “Yo soy más relajada; también me preocupo, pero a mí manera”. Aun así, cuando Macarena observa a su mamá ve a una mujer admirable, de la que no podría separarse en un plano emocional. “Ahora no paramos tanto como antes, porque también salgo con mis amigas, pero siempre encontramos la forma de compartir cosas que nos gustan a las dos como la moda, comer y conversar. Esos momentos los valoro y disfruto mucho”, asegura. Almendra siempre estará para Macarena; asimismo, a pesar de la preocupación que nunca dejará de sentir por el bienestar de su hija, también ha aprendido a dejarla ser. Y es que lo resume de una manera muy sencilla: “Lo único que quiere un papá o una mamá es que sus hijos sean lo más felices posible”.

 

Lourdes y Luciana Carlín

Foto: Morfi Jiménez

Ambas laten con un corazón gitano que bombea pasión, fortaleza e intensidad. El flamenco lo es todo y con la danzan expresan sus emociones, su forma de ver la vida y también cómo se ven una con la otra. Cuando Lourdes baila en el escenario, su hija Luciana encuentra a la misma mujer que conoció en casa: una mujer tan fuerte que nada la detiene. Y cuando Lourdes ve a su hija mover los pies tan rápido, rapidísimo, se queda hipnotizada a tal punto que deja de tocar las palmas; es un recordatorio de que “su hijita” ya es una mujer. Luciana baila desde los dos años, enseña desde que cumplió 13 (así como su madre) y ahora, a sus 26, es quien se encarga de la nueva sede de la escuela Alma Gitana. Lourdes confía en ella plenamente y sabe que su hija es capaz porque nunca le cortó las alas. “Lo que más le enseñé es que lo que haga, lo haga bien”.

Son madre e hija, pero también son compañeras de danza y socias, y les encanta. Confiesan que son mujeres impulsivas, que podría ser producto del flamenco o quizás que solo llevan en la sangre —como les gusta decirlo— una fiera dentro, pero es la personalidad lo que las ha sacado adelante y, por supuesto, también el tenerse una a la otra. “Trabajar juntas es un placer”, dice Luciana. “Me gusta su forma de ser y sé que con el tiempo me parezco cada vez más a ella y me encanta la idea. De hecho, me encantaría tener una hija en el futuro solo para tener esa misma conexión”.

 

Giuliana Fatule y Adriana Kouri

Foto: Morfi Jiménez

Para Giuliana la vida es un constante entrenamiento: se necesita disciplina y buena cabeza para superar los retos. Y esta es una mujer que se ha topado con obstáculos durísimos. Se enfrentó al cáncer durante años y pese a las medicinas, el cansancio y el sentir que no se puede más, ganó la batalla a punta de una buena alimentación y una actitud envidiable. Venció la batalla y la dejó atrás. Muy atrás. Hoy es campeona mundial de bicicleta de montaña, es la mejor triatlonista de su categoría, corre maratones, es madre de tres hijos y profesora de yoga; es una mujer sensible, pero al mismo tiempo parece indestructible. “Si estás entenado, la terminas bien”, dice sobre sus carreras y sobre su vida.

Adriana, su hija, fotógrafa, no puede estar más orgullosa y ve en ella un ejemplo a seguir. “Si ella pudo con sus retos, ¿cómo yo no con los míos?”, es su especie de mantra cada mañana, cuando se encuentra con los retos de ser madre de dos hijos, siendo el mayor un niño dentro del espectro autista. Es complicado. Como todos, tiene sus días buenos y los no tan buenos, pero, así como su madre le enseñó, hay que seguir. Adriana comparte sus propias experiencies en una cuenta de Instagram llena de fotos, de recetas saludables y de auténticas viñetas de crianza, que se llama @ adrianakouri_atipicalife. Así, las dificultades de cada una se han convertido en una base sólida que sostiene su relación. Ahora son inseparables. Se comprenden, y cuando se miran se reconocen en la otra: ambas son imparables.

 

 

 

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