Por: Vania Dale / Fotos: Diego Valdivia / Maquillaje: Arenna Alva / 05.06.2019
Para celebrar el Día del Padre, reunimos a papás e hijos que estrechan su vínculo al compartir la misma profesión, ocupación y pasión.

 

Venuca y Primitivo Evanán

“Venuca es la médula del arte de Sarhua”, dice Primitivo Evanán, reconocido artista y difusor de esta manifestación cultural del pueblo ayacuchano, declarada Patrimonio Cultural y Material de la Nación. “La mamá de Venuca, Valeriana Vivanco, empezó a pintar más desde que quedó embarazada. Antes de eso, yo estaba descontento porque no había quién heredara todo mi sacrificio, el esfuerzo de una vida dedicada al arte. Ahora me siento muy contento y orgulloso de Venuca”.

“Yo llegaba del colegio, almorzaba y pasaba la tarde con ellos en el taller trabajando la madera, mientras mi padre pintaba y mi madre dibujaba. Para mí era entretenido porque en vez de estar siempre metida en la televisión, la pasábamos juntos riéndonos”, recuerda aquellos tiempos Venuca.

Después de todos estos años, Venuca y Primitivo continúan trabajando juntos e incluso están próximos a realizar una exposición colectiva. “Pero ya cada uno va tomando un poco de independencia en lo que quiere reflejar”, dice Venuca, quien ha recibido un reconocimiento en el último Art Lima, demostrando que no solo se trata de honrar sus raíces, sino de actualizar la tradición. “Yo he visto que en las tablas tradicionales solo pintan a los varones; por eso, a través de mi arte también quiero visibilizar la labor de la mujer”, revela. “Si alguien desconfía de ti, ríete de su ignorancia porque la confianza en uno mismo es lo que importa. La mujer triunfa en la práctica”, le repetía constantemente su padre y ella no lo olvida.

Le interesa también el arte textil, pues ha visto a sus tías coser polleras, hacer chaquetas y adornar sombreros toda la vida. Desde el taller en Chorrillos, Venuca sigue buscando nuevos soportes para plasmar la cultura del migrante sarhuino. “En Lima estoy empezando a pintar murales, como ya hice en Sarhua”, acota. “Tanto aquí como en Ayacucho me dedico a transmitir y a enseñar esta linda expresión artística”. Esa misma que aprendió en su casa.

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Alfredo y Eduardo Aramburú

Desde chico, Eduardo Aramburú estaba acostumbrado a tener un lugar en el negocio de su padre, Alfredo Aramburú (el popular “Alfredo más arroz”). Hasta que un día, cuando regresó de uno de esos viajes al extranjero que los jóvenes realizan para trabajar durante la temporada de verano, Alfredo le dijo que ya no tenía sitio para él. “De alguna manera, me obligó a buscármelas”, cuenta Eduardo. Entonces, entró a practicar a una institución bancaria en el 2003, y permaneció en ella hasta el 2008, año en que renunció para convertirse en uno de los socios de su padre en el restaurante Lima27.

“Mi misión consistió en desarrollar una estructura corporativa que me permitiera emprender nuevos negocios, así como administrar el mío”, explica. “Poco a poco junto con mi hermano José Alfredo fuimos tomando la administración de Alfresco, luego la de Cala, y así…”. Hoy en día, Eduardo es gerente general de la corporación gastronómica que fundó su padre y que ya tiene 9 restaurantes, mientras que José Alfredo, su hermano menor, es director de Operaciones. Alfredo, por su parte, es el presidente del Directorio: paulatinamente ha ido soltando las riendas de la operación y sus hijos las han ido tomando. Cada uno tiene su campo de acción, pero todos confían en las aptitudes del otro, asegura Eduardo. Eso incluye a su hermana Diana, que está a cargo de desarrollo de producto. He ahí la clave del asunto.

“El amor al trabajo y la vocación de servicio se han fusionado en nosotros desde muy chicos gracias a mi padre”, asegura Eduardo, y además agrega que “el lanzarse a la piscina sin tener la seguridad de que va a estar llena, sino llenándola mientras uno va cayendo” es una actitud que también han aprendido de su padre. Alfredo, por su parte, dice admirar el orden, la inteligencia, la perspectiva y el buen gusto de Eduardo; y el paladar, el conocimiento profundo de la gastronomía y el savoir vivre de José Alfredo. “Es el sueño de cualquier padre ver a sus hijos interesarse en el negocio que uno con tanto esfuerzo ha forjado”, reconoce el empresario con una mezcla de orgullo y alivio.

Valerie, Freddy Jr y Freddy Nossar

Las metáforas asociadas al mundo de la hípica son muchas y han rodeado la vida de los cuatro hermanos Nossar (Nicole, Michelle, Valerie y Freddy) desde que tienen uso de razón. No solo han asistido al hipódromo religiosamente los domingos, sino que han viajado todos en familia a competencias internacionales en las que participaban los caballos de su papá. “Aprendí de mi padre a celebrar los triunfos y a ser un buen perdedor”, dice Valerie, la tercera hija de Freddy Nossar, quien además reconoce que “la adrenalina que he vivido desde niña viendo las carreras me ha llevado a buscar esa misma sensación a través de otro deporte”. Por eso, decidió dedicarse al running de triatlón. “Mi papá ha ganado con los caballos lo que nadie ha ganado en el Perú. Inconscientemente, yo busco seguir sus pasos tratando de tener el récord de la mujer con más maratones en su haber en el país”, afirma. Y va por buen camino.

Freddy Nossar Jr, el hijo menor, por su parte, pasó de ser un niño temeroso de montar caballo a convertirse en el encargado tanto de los caballos de carrera de propiedad de su padre como del haras familiar. Esta actividad le ha enseñado a ser más empático, “a ponerte en el lugar de ellos (los caballos) y darles el mismo amor y cuidado que te gustaría que te dieran a ti”.

La pasión ecuestre de la familia Nossar tiene su origen en el propio padre de Freddy senior. “Pero uno no puede obligar si es que no está presente el sentimiento”, reconoce el empresario. En el haras que tienen hace más de 20 años, cada uno de los Nossar encuentra un refugio, “un lugar que nos da mucha paz y al que vamos a pasar tiempo en familia”, lo describe. “A veces presenciamos juntos los nacimientos de los caballos”, cuenta Freddy padre. “El mundo hípico nos une bastante”.

 

Leilani y Germán Aguirre

“No sé dónde estaría ahorita si no fuera por mi papá”, confiesa Leilani Aguirre, campeona nacional de surf al igual que su padre Germán. Y es que la decisión de su papá de mudarse al norte del país en busca de las mejores olas marcó fuertemente la vida de Leilani, quien decidió dedicarse al surf desde el día en que, de niña, le pidió acompañarlo a correr olas en Casablanca, la playa frente a su casa en Los Órganos. “Nos metimos, me paré y me encantó el feeling. Salí con una sonrisa de oreja a oreja. Desde ahí no lo he dejado”, asegura ella.

El surf, por supuesto, ha ayudado a crear un vínculo inquebrantable entre ambos (lo mismo sucede con su otra hija y también campeona, Sol), sobre todo porque Germán es el couch de su hija, por lo que ha viajado con ella por el mundo y ha sido testigo de cada uno de sus logros. “Compartir con ella este deporte que me apasiona es un regalo para toda la vida”, dice Germán. “Ser testigo de sus primeras olas en Máncora y de cuando escribía en sus notas que ‘ya no corro espumas, ahora corro pared’; pensar que íbamos a surfear a Lobitos antes de sus clases en el colegio (que empezaban a la 1 p. m.) y almorzábamos en el auto…”, enumera. Los recuerdos compartidos son muchos.

Leilani, que además estudió Artes Escénicas y ahora mismo cursa la carrera de Comunicaciones, está próxima a lanzarse como cantante. Aunque dice que ese lado lo ha sacado de su mamá, sabe que su padre estará apoyándola en cada nuevo reto que emprenda incluso lejos del surf, y eso, como dice Leilani, “a cualquier hijo le da un montón de seguridad”.

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