Por: Fiorella Iberico / Camila Novoa

Arte, diseño y memoria se entrelazan en un departamento que refleja una vida marcada por la curiosidad y la sensibilidad estética.





Hay casas que parecen decoradas. La de Elena Testino parece vivida. La diferencia es sutil, pero undamental. Apenas se cruza la puerta de su departamento en San Isidro, queda claro que nada responde a una fórmula ni a una tendencia pasajera. Cada obra, cada mueble, cada objeto cuenta una historia que comenzó mucho antes de llegar ahí.El arte fue el punto de partida. Lo sigue siendo. Durante años ha construido una colección guiada más por la intuición que por el nombre de los artistas. Compra lo que la conmueve, lo que despierta algo inmediato.





Fotografías, pinturas, esculturas y grabados conviven sin jerarquías, creando una mezcla tan diversa como coherente.


Para ella, cuando algo gusta de verdad, encuentra naturalmente su lugar junto a otras piezas que tienen la misma predilección. 





Esa mirada se fue formando a lo largo de una vida marcada por el movimiento. Vivió en Río de Janeiro, Nueva York y Miami antes de regresar a Lima. En cada ciudad se acercó al arte, conoció artistas, tomó clases y desarrolló una sensibilidad que más tarde la llevaría a estudiar diseño de interiores en Nueva York y a crear proyectos vinculados con el mundo de la decoración. Su casa es, en cierto modo, el mapa de ese recorrido.





El departamento de Elena funciona como un archivo íntimo de recuerdos, viajes y descubrimientos acumulados a lo largo de los años.



En torno a la mesa, el arte deja de ser contemplativo y se vuelve parte de la vida cotidiana, acompañando almuerzos, conversaciones y encuentros.





Nada permanece completamente quieto. Elena habla de su hogar como alguien que está editando un libro. Mueve cuadros, cambia lámparas, reemplaza tapicerías. Hace poco eliminó varios acentos negros de la sala para lograr una atmósfera más ligera y luminosa. No cree en las transformaciones radicales: prefiere los pequeños ajustes capaces de renovar por completo una sensación. Esa capacidad de observar también se refleja en la forma en que habita el espacio. Aunque recibe invitados con frecuencia, especialmente para almuerzos, la casa está pensada para la vida cotidiana. Las mañanas comienzan temprano, con caminatas o pilates, pero su momento favorito es el café servido en una bandeja, el desayuno en la cama y el periódico impreso, una costumbre que se resiste a abandonar. Su dormitorio, diseñado para la calma, funciona como un refugio dentro del refugio.





Las obras de arte conviven en el espacio sin jerarquías, creando un diálogo entre distintas épocas, lenguajes y miradas.



El confort ocupa un lugar central en su filosofía. Antes que la estética, están la comodidad, la buena iluminación y la circulación fluida. Son principios que aplica tanto en su hogar como en los proyectos de interiorismo que desarrolla junto a su socia. Quizá por eso, a pesar de la abundancia de objetos, el departamento nunca se siente saturado. Todo tiene un propósito y una ubicación precisa. Entre las obras que habitan el departamento, las fotografías de su hermano, el fotógrafo Mario Testino, ocupan un lugar especial. No por su reconocimiento internacional, sino por el vínculo afectivo que representan. Una de ellas, ubicada en el comedor, fue un regalo reciente y se ha convertido en una presencia central dentro del espacio. Elena la observa como parte de un conjunto donde conviven distintos formatos. Le interesa precisamente esa mezcla de lenguajes: la posibilidad de que distintas miradas dialoguen entre sí y construyan una narrativa común.





También hay una dimensión afectiva. Muchas piezas han viajado con ella durante décadas. Algunas llegaron desde mercados de pulgas, otras desde anticuarios o galerías visitadas durante sus recorridos por el mundo. Hay lámparas que conserva desde hace veinte años, libros encontrados en distintos países y obras que remiten a momentos específicos de su vida. Cada objeto parece haber sido elegido para permanecer.





Su verdadero lujo no está en los objetos que la rodean, sino en haber construido un espacio que siente profundamente suyo.



La moda ocupa un lugar similar. Para Elena, la manera en que uno se viste, pone una mesa o construye un espacio forma parte de una misma conversación. Todo comunica. Todo habla de quiénes somos y de cómo queremos vivir. Quizá por eso, cuando intenta resumir lo que representa este departamento, no habla de diseño ni de decoración: habla de felicidad. De la satisfacción de mirar alrededor y disfrutar lo que ve. De sentirse acogida por los objetos, las obras y los recuerdos que la rodean. Al final, más que una colección de piezas o un ejercicio de interiorismo, su casa es el reflejo de una vida construida con curiosidad, sensibilidad y tiempo. Un lugar donde cada rincón confirma que el buen gusto no consiste en seguir tendencias, sino en rodearse de aquello que sigue emocionando, incluso después de muchos años.



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