29.09.2026
por María Alejandra López



Durante años, los hongos psicoactivos han estado asociados al peligro y la pérdida de control. Hoy, la ciencia estudia el potencial terapéutico de los hongos y el LSD consumidos en microdosis. ¿Qué dice realmente la evidencia sobre sus beneficios?





Durante mucho tiempo, los psicodélicos, como los hongos psicoactivos o la dietilamida del ácido lisérgico (LSD), han estado asociados a la pérdida de control, las experiencias extremas y un consumo peligroso. Sin embargo, en los últimos años, se han comenzado a observar estas sustancias desde otro lugar: su uso terapéutico.


La OMS define a los psicodélicos como compuestos que alteran de forma profunda el funcionamiento del cerebro, modificando temporalmente la percepción, la cognición, el estado de ánimo y los procesos del pensamiento. Una de las últimas búsquedas en salud mental propone controlar estos efectos y aprovechar sus beneficios recurriendo a las microdosis. Esto hace referencia a tomar entre 1/10 y 1/20 de una dosis recreativa de un psicodélico. En el caso del LSD, esto suele ser unos 10 a 20 microgramos; para la psilocibina, sería entre 0,1 y 0,3 gramos de hongos secos. Estas pequeñas dosis no producen alucinaciones ni alteraciones perceptivas dramáticas —al punto que quien las consume puede hacerlo en su día a día—. Sin embargo, sus usuarios aseguran que mejora su estado de ánimo, concentración y creatividad.


nvestigar estas sustancias no es lo mismo que demostrar que las microdosis funcionan. Un estudio publicado en The New England Journal of Medicine comparó la psilocibina con el Escitalopram, un antidepresivo de uso habitual, en 59 personas con depresión: los resultados mostraron una reducción de los síntomas en ambos grupos, con una diferencia que no fue estadísticamente significativa. Otra investigación del 2026, publicada en el journal especializado Neuropharmacology, evaluó microdosis de LSD en personas con depresión mayor; en este caso, sí se observaron “mejoras subjetivas” en el estado de ánimo, la energía y la motivación de los participantes. Sin embargo, al estudio no le fue posible determinar con certeza si estas mejoras se debieron realmente al LSD. En general, los investigadores sugieren que se necesitan estudios más grandes y de mayor duración para establecer comparaciones sólidas con los tratamientos existentes.


Prescripción informada


Para Francesca Brivio, una de las directoras de Proyecto Soma, organización peruana dedicada a la información, educación y reducción de riesgos relacionados con el consumo de drogas, parte del interés por estas sustancias surge de una realidad: el sistema tradicional de salud mental no siempre responde a las necesidades de todas las personas. “En el caso del cannabis, sí existen estudios que han comprobado los beneficios de los cannabinoides. En el caso de las microdosis, tenemos personas que evidencian mejoras, pero, si revisamos los resultados de los estudios, falta evaluar los efectos a largo plazo”, explica. Para Brivio, la información debería ocupar un lugar central antes de tomar cualquier decisión. No se trata solo de conocer los posibles efectos, sino también sus riesgos, interacciones y las condiciones particulares de cada individuo.“Hay personas que podrían empezar a hacer microdosis sin saber nada al respecto, y esto podría generarles expectativas irreales”, advierte. La expectativa también puede convertirse en un problema. “La gente cree que toma una microdosis y le va a cambiar la vida, y hay que tener expectativas muy realistas para no frustrarse”, señala Brivio.


Buena parte de la evidencia prometedora corresponde a dosis terapéuticas administradas en contextos controlados, mas no a la práctica cotidiana de tomar microdosis por cuenta propia. En ese sentido, uno de los riesgos actuales es “la simplificación del discurso”, como asegura el Forum de Salud Mental de Barcelona. En algunos espacios, se transmite la idea de que las microdosis son prácticamente inocuas o incluso beneficiosas para cualquiera, pero su impacto depende de muchos factores, detalla la institución: la salud mental previa, la frecuencia del consumo, la pureza de la sustancia y la vulnerabilidad individual. De hecho, también hay algunos riesgos identificados: entre ellos, los más comunes son ansiedad o paranoia, insomnio, taquicardia o hipertensión, cambios de humor o irritabilidad, o cruces con otras medicinas. 


Por eso, Brivio insiste en que cualquier acercamiento a estas sustancias debería partir de información confiable y acompañamiento profesional cuando corresponda. “Si estás en una fase maniaca, por ejemplo, deberías contactar a un profesional. Ninguna sustancia sustituye un proceso integral”, afirma. Tal vez, la clave está en abstenerse de posiciones extremas y acercarse con curiosidad y precaución por igual a todo aquello que podría abrir la mente hacia nuevos ámbitos del bienestar.

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