En Santa Cruz de Cocachacra, la casahuerto diseñada por el estudio Ghezzi Novak y Andrea Wong habita el paisaje andino para darle la cara al clima, las estaciones y el trabajo agrícola.
Cerca del kilómetro 53 de la Carretera Central, en la sierra de Lima, Gustavo y Arturo Ghezzi Novak — en colaboración con la arquitecta Andrea Wong— materializaron el encargo de diseñar una casa-huerto que condensara principios de sostenibilidad, diseño y cercanía con el entorno. El terreno, ubicado en el distrito de Santa Cruz de Cocachacra, provincia de Huarochirí, era ideal para plantear una arquitectura que dialogara con la naturaleza. Sobre esas alturas, las montañas —a veces desnudas, otras llenas de vegetación— eran testimonio de una geografía marcada por la estacionalidad, eje del uso doméstico y agrario que el cliente deseaba darle a la vivienda.
Dividida en tres módulos, la casa se expande desde un volumen principal, habitable tanto al interior como al exterior, hacia un volumen con ambientes sociales abiertos y otro volumen utilitario de dos pisos que integra cocina, cuartos de almacenamiento, área de manipulación de cultivos y dormitorios adicionales. En el terreno, además, se ha dispuesto un huerto que, dividido en jardineras de piedra, según la temporada permite manejar los cultivos por separado. En ese sentido, el proyecto está pensado para funcionar como un espacio intermedio que enlace el afuera y el adentro.
La casa extiende su vida hacia el huerto, integrando los ritmos de la tierra y las estaciones a la experiencia cotidiana.
Con la mira puesta en ese propósito, el estudio Ghezzi Novak lleva un paso más allá la idea de porche, para la cual toman como referencia, por un lado, las viviendas tradicionales locales —con exteriores techados que sirven como protección y como espacios de encuentro—, así como la Cuadra San Cristóbal, el complejo ecuestre diseñado por el mexicano Luis Barragán en 1968. En este último, encontraron el esquema que les ayudó a dar con la clave del proyecto: un gran alero alargado que permitiera una interacción diaria con el exterior, a pesar de los cambios en sol, frío, viento y lluvia que ocurran a lo largo del año.
Un gran alero prolonga las áreas sociales hacia el paisaje, creando un espacio intermedio donde la casa se abre al sol, la montaña y los cambios de estación.
Los materiales responden a un sistema constructivo de albañilería típico, con columnas de concreto, muros de ladrillo portante y losas aligeradas. El acabado en paredes y cielos se trabajó con cal, que aporta un color blanco luminoso y natural, y que refleja muy bien la luz. En el caso del largo techo inclinado, tomando como inspiración los textiles de Anni Albers, se ideó un diseño hecho con ladrillos de arcilla cortados en mitades y tercios, y dispuestos en patrones de vibración que hace que parezcan ondularse y expandirse.
A dos horas al este de Lima, los arquitectos peruanos hicieron realidad una vivienda pensada para la agricultura doméstica y una organización vital y culinaria basada en las estaciones y el vínculo con la naturaleza. Desde cualquiera de sus espacios, uno puede oír la actividad silvestre, disfrutar los olores frescos de la montaña y contemplar la lluvia en toda su fuerza y abundancia. Los detalles y gestos arquitectónicos trabajan en conjunto para avivar esta experiencia. Y, a partir de ellos, se cierra un entramado de ordenamientos, estructuras y diseño propicio para una vida singular fuera de la ciudad.



