Por: Rebeca Vaisman / Fotos: Sanyin Wu / Dirección de arte: Mozhdeh Matin / 03.07.2019
La soprano peruana, representante de la vertiente conocida como lírica andina, se prepara para un gran concierto de cara al Bicentenario. Sylvia Falcón recorre el Perú con su voz.
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Hace un par de meses Sylvia Falcón grabó para Prueba de sonido, el programa musical que conduce Lucho Quequezana, una versión del clásico de Queen, Bohemian Rhapsody. El capítulo incluso imitó el video musical en el segmento operístico con la cara de Sylvia que emergía y se multiplicaba en un fondo negro. Es difícil imaginar que la soprano peruana, que ha interpretado repertorios complejísimos y en escenarios nacionales e internacionales, pueda sentir nervios ante una grabación. Pero lo cierto es que así como se divirtió, sintió mucha presión, “porque obviamente adoro a Freddy Mercury y se trata de un temón”, explica Sylvia. “No solo es una canción que no está dentro de mi repertorio, sino que no es el estilo de música que hago… a la vez es un clásico contemporáneo. Fue todo un reto”, confiesa. Sin embargo, está más que feliz con la experiencia. “¡Además, a mi hija Raymi le encantó el video!”, asegura riendo.

Con 35 años, Sylvia Falcón es considerada la principal representante contemporánea de un género que se bautizó como lírica andina, que reúne el canto operático y el andino, y que fue creado nada menos que por la inmensa soprano peruana Yma Súmac y su esposo, el compositor Moisés Vivanco, en la década del cuarenta. Razones para esta consideración sobran: Falcón tiene ya cuatro discos en su haber; se ha presentado en Nicaragua y Bolivia, y en Estados Unidos ha actuado en Nueva York, en el Instituto Cervantes y en el King Juan Carlos of Spain Center de la NYU. Ha explorado distintas plataformas: encarnó a la Virgen de Pomata en el auto sacramental El gran teatro del mundo, dirigido por Luis Peirano, y colaboró en la película La última princesa inca, de la directora Ana de Orbegoso. Ha compartido escenario con el popular cuarteto vocal Il Divo como parte de su gira sudamericana; y en el año 2015, cuando debutó en el Gran Teatro Nacional de Lima, fue reconocida por el Congreso de la República por su aporte a la cultura.

Sylvia Falcón es una soprano de coloratura: tiene el rango de una soprano y llega al sobreagudo, que no cualquiera alcanza; y ahí arriba puede hacer florituras y ornamentos con su voz. Sin embargo, el repertorio que asume le pide también bajar: su rango es de tres octavas y media. El de Maria Callas era tres octavas.

Y aún así nervios y entusiasmo se encontraron ante la posibilidad de versionar a Queen. Y es que a Sylvia le ha interesado más de un género musical. Cuando todavía no terminaba el colegio, se obsesionó con el R&B y el rap de Lauryn Hill; más adelante se sumergió en la onda subte del rock peruano y en la universidad descubrió el metal neoclásico. Pero ninguna melodía ha sonado en sus oídos y en su pecho tanto como el viento que canta entre las montañas del Ande. Ahí la soprano encuentra su mayor altura.

Voz interior
Nació en Lima, de padre ayacuchano y madre huancavelicana, y creció en Lince. Sus padres eran quechuahablantes y en su casa solía escucharse huayno: recuerda el long play de Manuel Silva y los casetes de Nelly Munguía. Sobre todo recuerda las fiestas: la Cruz de Mayo, la Navidad, los carnavales y la fiesta patronal de la Virgen Dulce Nombre de María, que se celebraban con cantos, danzas y algarabía en el local institucional ayacuchano que se había fundado en Lima, como tantos otros clubes regionales. Y fue la música que creó un vínculo entre la niña Sylvia y la tierra de sus padres; fue la música que le dio arraigo y también un horizonte, pues ella quiso seguir los caminos de su voz.

“Desde que puedo recordar descubrí que podía cantar”, cuenta Sylvia. “Pensaba que iba a perder mi voz al crecer, pero en mi caso fue al revés: cuando tenía 15 años, me gustaba escucharme; me aprendí el O mio babbino caro [el aria de Puccini], y la cantaba encima de una grabación de Maria Callas”.

El talento nació con ella. Sus dos abuelas cantaban: se llamaban Silvestra Navarrete y Patrocinia Hurtado; a ellas les debe su nombre, Sylvia Patricia; y la personalidad fuerte que ambas tenían. La voz de sus ancestros la recorre.

Tenía 8 años cuando viajó por primera vez a San Isidro de Huirpacancha, el pueblo de su madre. “Fue un viaje al centro de la tierra”, dice hoy. “Ese viaje delineó en mí el aprecio, y el amor por el pueblo y por la naturaleza; siempre me he sentido tocada por esa experiencia infantil”, reflexiona. Ahí, a más de 3.500 m s. n. m., descubrió otro aire, otras vistas: fue un despertar que cambió su vida.

Cuando terminó el colegio quiso entrar en el Conservatorio Nacional de Música, pero sus padres insistieron en que debía “estudiar una carrera primero”. Se decidió por Antropología para tener otra aproximación a la relación entre la geografía y la cultura. Pero nunca dejó de cantar: se preparó con el maestro guitarrista Daniel Kirwayo y viajó a California a realizar dos estadías de varios meses (en el 2008 y en el 2009) con el tenor y vocal coach David Gordon. “Si hubiera entrado en el Conservatorio, me habría metido de lleno en la música clásica; en cambio, he podido hacer mucho con la música peruana que me apasiona y que nos lleva a tantos niveles de comprensión de lo que somos”.

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Genio y figura
Explica Miguel Molinari, conocido crítico de ópera y director ejecutivo de Sinfonía por el Perú (el proyecto de Juan Diego Flórez), que académicamente no existe el término “lírica andina”. “Lo que existe es una serie de características en el canto andino popular que nos presenta voces que exploran de manera natural y espontánea los agudos y sobreagudos del registro femenino. La lírica andina no está conceptualizada, pero se podría consolidar a partir, justamente, de Sylvia Falcón”, opina el crítico.

Detenerse en Yma Súmac, la fundadora del género, se hace necesario. El registro de la gran soprano peruana llegaba a las cuatro octavas y media (se habla incluso de cinco octavas que no se escucharon en vivo, sí en grabaciones). “Casi nadie ha tenido ese nivel artístico. La convirtió en un ícono mundial”, asegura Molinari. A partir de ella surgen otras cantantes con características líricas por el estilo: Molinari menciona a Esmila y Zoila Zevallos, y a Judith Acuña, conocida como Wara Wara. “Y en este nuevo contexto aparece Sylvia, con un aporte muy singular dada su formación de antropóloga y con una escuela de canto seria”, opina Molinari. “Ella busca darle un nivel de mayor jerarquía al género, creo yo, tomando la referencia de Yma Súmac pero imprimiéndole su propio sello. Sylvia ha construido su propio personaje y creo que ha logrado salir de las fronteras de lo folclórico para llegar a mayores escenarios”.

Y así es. Por estos días, Sylvia prepara dos presentaciones. La primera es un concierto íntimo que ofrecerá por Fiestas Patrias en Dossis de San Isidro. La segunda es grande: se trata de Utzh An, el concierto que dará en noviembre en el Gran Teatro Nacional. En lengua muchik significa “casa grande”: eso es lo que quiere, seguir “ampliando el abrazo peruano”. El repertorio incluye temas que han sido declarados Patrimonio Inmaterial del Perú, como El cóndor pasa, Vírgenes del sol y La pampa y la puna; también temas que se han cantado muy poco, como Túpac Yupanqui de Lucho Neves. Habrá un set con los mambos de Yma Súmac, y canciones de Chabuca Granda. Este es un concierto de cara al Bicentenario, y el espectáculo que Sylvia pretende internacionalizar.

La música —esta música— no solo es la reivindicación del mundo andino, sino también de lo femenino. El personaje que Sylvia pone en escena no es una diva poderosa: es la encarnación elegante de otras voces y otras mujeres del Ande, de muchas otras cantantes anónimas; de aquellos personajes de las diversas culturas que nos dio la historia; de las dos abuelas artistas que le regaló la vida. Y por eso Sylvia puede cantar tan alto y tan hondo.

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