28.09.2026

Por Javier Masías



El crítico gastronómico y exjurado del reality de televisión El Gran Chef Famosos cuenta su camino personal en la búsqueda de un peso saludable y un estilo de vida que balancee el placer y el bienestar. Más allá del Ozempic y las cirugías bariátricas, está el peso de la disciplina y del cambio de mentalidad.



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Te cambia la vida de a poquitos. De manera tan imperceptible que no lo notas. Unos kilos más arriba reconoces el problema y te lo dices a ti mismo por primera vez: “Voy a bajar de peso”. Gaseoso. Ligero. Optimista. En verdad la comida te gusta y ves en ella algo más que alimentación y disfrute. Siempre hay sitio para un poco más si el día es largo o difícil. Si te recuerda a algo o a alguien. Si con ello olvidas a esa persona, situación o cosa. Si tienes tanto conocimiento sobre eso que te hace a ti más valioso. Vas a bajar de peso, te dices kilos y años más tarde. Pero no ocurre.



No puedes una vez y otra y otra más. Al quinto intento ya te cansaste de pensar que es tu culpa. Vas a convertir tu apetito en una habilidad que todos aplaudan y estás en el lugar correcto para hacerlo. Finalmente, no en todos los países hay un boom gastronómico con complejos y deseables alcances sociales y económicos. Tú puedes sumar. Has experimentado los rituales de la mesa mucho más que el promedio, los has racionalizado y tienes lo necesario para transmitir emociones y conocimiento. Podrías no bajar de peso ahora que toda esa comida sirve para algo. Un propósito mayor. La revalorización de lo local. El comercio justo. La unidad nacional. La autoestima peruana. Distinguir entre la bello y lo malo. Eres el crítico culinario del boom y afuera te reconocen como “that guy from Perú that appears in Netflix”. Comes mejor, es verdad, pero comes más. También pesas más. Y vuelves a intentarlo. Y fracasas. 



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Esta vez estás convencido de que no puedes porque no tienes fuerza de voluntad ni disciplina ni amor propio. Hace años que ya no te molesta que te digan “gordo” porque eres gordo y hasta el carácter te engordó. También te dijeron ya que eres hipertenso. Que estás camino a la diabetes. Que podrías tener hígado graso. Duermes cinco horas durante las que te despiertas seis veces. Y así, severamente defectuoso, todos te quieren porque en el fondo se pueden identificar contigo. Les recuerdas a alguien como tú, quieren a alguien como tú o son como tú. Porque, en el Perú, alrededor de una de cada cuatro personas de 15 años a más vive con obesidad y seis de cada diez tiene algún grado de exceso de peso. En casi cualquier lugar ser obeso es normal para todos. Puedes levantar la mirada ahora mismo y verificar a habitación en la que te encuentras. Es muy probable que el obeso seas tú. Y por eso nadie lo habla.


Pero también porque es un tema difícil de tratar, entre el bullying, las reafirmaciones del body positive y la ignorancia de la misma ciencia.



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Porque, a diferencia de lo que ocurre con otras ramas de la medicina, la investigación moderna sobre dieta y enfermedades crónicas, como la obesidad, es mucho más reciente y se ha acelerado recién desde finales del siglo XX y, aún más, desde el 2000. La definición de obesidad que se ha reafirmado en el International Congresson Obesity de este año es que es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, cuya regulación incluye importantes mecanismos neuroendocrinos, como sucede con muchas adicciones, solo que esta droga te la da tu madre porque te quiere y, sin comida, no podrías vivir.



Entonces resulta que no era que no tenías fuerza de voluntad, sino que tu cerebro era diferente. Y, por más que muchas diferencias son esenciales y positivas, justo esta,que lo hacía todo más difícil, no tienes por qué aceptarla. Tratamientos antes solo discutidos en reducidísimos círculos académicos y del primer mundo empiezan a hacerse accesibles y decides intentarlo una vez más. Y esta vez es diferente. No es una dieta. Vas a cambiar de vida porque vas a dejar, para siempre, de ser tú. Empiezas con lo básico y regulas tu sueño a ocho horas. Reduces como puedes el estrés. Aprendes los beneficios de la hidratación. Descubres que tu regulación emocional no está solo en la cabeza sino en tu estómago. Lees muchísimo sobre salud y alimentación y, en el proceso, de pronto es mucho más fácil para ti elegir mejor tus alimentos. Ves resultados en cómo te queda la ropa y en la balanza y empiezas a moverte con intención.



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Repeticiones de fuerza una vez por semana con un kilo por mancuerna. Luego, dos veces por semana. Más repeticiones, tres veces. Ahora más ejercicio, más peso, más días. Prescindes del auto, dejas de usar el ascensor. La gente que conoces que ha sido flaca toda su vida te da consejos que “sí funcionan” sobre cómo bajar de peso mientras reconocen que lo estás haciendo bien y que ellos no podrían. Un día te das cuenta de que no puedes seguir despertando al lado de esa persona a la que amas, pero que te dice que todo era mejor cuando comían helados en la cama a las once de la noche. Nadie lo sabe, pero cuando entrelazas tus dedos ya no sientes que tus manos te pertenecen porque tus dedos son tan flacos que parecen de alguien más. Cuando te empiezas a acostumbrar al ejercicio y a tus manos, ya es Navidad y tienes que sortear miles de compromisos sociales. Luego, el verano y las comilonas y los vinos heladitos y las fiestas. Los cumpleaños, el Día de la Madre (tu mamá te dice que extraña a su hijo), Fiestas Patrias y demás alegrías. No has renunciado a la chatarra, pero restringes seriamente todo lo que no te suma. Con eso aprendes la disciplina y, para sostenerla, cada cierto tiempo la rompes de manera premeditada.



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No faltan las críticas y especulaciones porque te bajó de peso el doctor Arrieta, te has hecho la banda gástrica (algo aconsejable solo en casos muy específicos) y usas Ozempic, “y así cualquiera”. Y es que, en los países conservadores, decir “nunca cambies” está mejor visto que decir “evoluciona”. Y todos los que te decían que lo hicieras por tu salud se sienten de pronto cuestionados por tu existencia. Te empieza a importar poco porque sabes perfectamente que ni el doctor ni la medicina hacen por ti las 16 horas semanales deejercicio que te mandas sin que nadie te lo pida. Te mides decenas de indicadores biológicos cada seis meses. Verificas que a tus 46 años tienes la edad metabólica de alguien de 31 y celebras.



Tienes todo lo bueno que tenías hace un año, pero en otro entorno, a veces con otros amigos y otra piel. Eres diferente. Un día tu mamá te pregunta si crees que ella podría hacer lo mismo a sus casi 70 años, y lo único que quieres es que sí, que pueda. La abrazas y haces lo posible para que todos los demás también puedan.

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