Por: Fiorella Iberico / 28.09.2026

Cuando un conflicto familiar o amical se prolonga o se vuelve difícil de manejar, tomar distancia puede ser una forma de cuidarse. Pero ¿cuándo poner un límite significa cerrar una puerta para siempre?





En enero del 2026, Brooklyn Peltz Beckham anunció públicamente, a través de un post de Instagram, que cortaba los lazos con suspadres, David y Victoria Beckham, y que no desea reconciliarse. El chico de 26 años explicó que estaba “defendiéndose por primera vez” y acusó a sus famosos padres de manipular a la prensa y de faltarle el respeto a él y a su esposa, Nicola Peltz Beckham.





Hay vínculos que pesan. Una discusión que se repite durante años o una relación atravesada por críticas o heridas que nunca terminan de cerrar puede llevar a una pregunta incómoda: ¿hasta dónde estamos obligados a sostener una relación solo porque compartimos sangre o historia? Hoy, cortar lazos familiares o amicales parece una posibilidad cada vez más legítima. Pero también es una decisión que puede tener consecuencias que van mucho más allá del alivio inmediato.


Para Joselyn Ortiz, psicóloga especialista en bienestar, alejarse puede ser una decisión necesaria cuando una relación se vuelve dañina. La clave está en distinguir entre un conflicto puntual y un patrón de conducta que vulnera nuestros límites. Cuando existen chantajes, manipulación, agresiones o amenazas, mantener el vínculo deja de ser una obligación y la distancia puede convertirse en una forma de protección.


No se trata, sin embargo, de cortar ante cualquier desacuerdo. Ortiz diferencia entre poner límites y romper el vínculo. El primero permite mantener una relación bajo nuevas condiciones: decidir qué se acepta, qué no y hasta dónde estamos dispuestos a involucrarnos. La ruptura aparece cuando la conducta del otro demuestra de manera reiterada que continuar en contacto resulta perjudicial y que los límites establecidos no están siendo respetados. Tomar distancia tampoco significa necesariamente dejar de querer. Una persona puede reconocer que ama a un familiar y, al mismo tiempo, entender que no puede seguir cerca de él. Esa contradicción forma parte del proceso. “Uno tiene que sentir amor por uno mismo y saber que es mejor estar lejos de esa persona y, a la vez, desearle que también le vaya bien”, explica Ortiz.


Para ella, el alejamiento también puede trabajarse desde la compasión y el perdón, sin convertir la culpa en una razón para regresar a una relación que hace daño. La decisión, además, está lejos de ser emocionalmente limpia. Puede traer alivio, pero también tristeza, dolor, nostalgia o duelo. En especial, cuando se trata de alguien con quien existió una historia importante. Alejarse de esa persona supone también aceptar que la relación que alguna vez se tuvo quizá ya no pueda existir de la misma manera. 



La otra mirada


Para Paola Delhonte, psicogerontóloga y psicoterapeuta, el “contacto cero” no debería convertirse en la respuesta automática frente a un conflicto.


Existen situaciones graves en las que alejarse es indispensable, pero, cuando no hay violencia ni riesgo para la integridad física o emocional, todavía puede haber espacio para reparar la relación. Su preocupación está en que una herramienta válida para protegerse en situaciones de maltrato termine aplicándose a cualquier vínculo que atraviesa un momento difícil. Las relaciones familiares también tienen matices y, en ocasiones, una reacción tomada desde la rabia o la decepción puede convertir un conflicto temporal en una ruptura definitiva. 



Hayden Panettiere y su madre, Lesley Vogel, mantuvieron una relación difícil que empeoró porque Vogel se encargó de la carrera profesional de su hija desde pequeña. Al cumplir 19 años, Panettiere
decidió tomar las riendas de su propia carrera, lo que fracturó su relación y las distanció. Madre e hija llevaban meses sin hablarse al momento del fallecimiento de la actriz en agosto del 2026.





Su propuesta no es aguantar ni justificar el daño. Es explorar alternativas: tomar una distancia temporal para ordenar las emociones, expresar qué conductas resultan dolorosas, establecer límites con consecuencias claras, reducir la frecuencia del contacto o buscar acompañamiento terapéutico. La posibilidad de reconstruir depende, eso sí, de que ambas partes conserven algún interés por la relación y exista una disposición genuina al cambio. Delhonte también advierte sobre una consecuencia menos visible: el duelo por pérdida ambigua. El familiar o amigo sigue vivo, pero deja de estarpresente en nuestra vida de la misma manera. Con el tiempo pueden aparecer la nostalgia, la culpa, la soledad o la tristeza. No solo desaparecen las conversaciones o las visitas, también pueden perderse celebraciones, tradiciones, rutinas y momentos compartidos con otros miembros de la familia.


Por eso, antes de tomar una decisión definitiva, propone observar qué está ocurriendo realmente. ¿Se trata de una relación que ha demostrado ser dañina de manera constante o de una herida reciente? ¿El otro ha cruzado repetidamente nuestros límites o todavía existe posibilidad de diálogo? ¿Queremos alejarnos para protegernos o para provocar una reacción? Quizá el verdadero debate no sea si cortar o permanecer, sino qué necesita cada relación para dejar de hacernos daño. Cuando la seguridad está comprometida, protegerse no admite demasiadas discusiones. Cuando no lo está, puede valer la pena preguntarse si queremos cerrar definitivamente una puerta o simplemente aprender a relacionarnos detrás de nuevos límites. En ambos casos, la decisión más saludable será aquella que permita recuperar algo esencial: la tranquilidad de poder vivir sin que un vínculo determine nuestro bienestar.

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