En Lima, el horizonte no es una línea lejana. Es una constante. Una presencia. Un punto de retorno
Para Ignacio Noguerol (1992), ese límite entre el mar y el cielo no es solo paisaje: es origen. “Mirar al Pacífico es una actividad presente desde que era niño”, dice. “Siempre me reconocí geográficamente: la ciudad cambia, pero ese horizonte, y también la orilla, siguen iguales”. Esa persistencia es, quizás, el núcleo de su trabajo.
El momento en que todo se rompe
No siempre fue así. Durante años, Noguerol construyó un lenguaje abstracto que lo acompañó desde su salida de la escuela de arte. Hasta que en 2018 algo se detuvo. Dos exposiciones importantes, en el ICPNA y el Británico, marcaron el cierre de una etapa. “Las concebí como cierres”, recuerda. “Era consciente, aunque un poco doloroso, de que necesitaba tiempo para volver con una nueva forma de pintar”.
Ese quiebre no fue inmediato. Fue lento, confuso, incluso personal. Pero tuvo un punto de anclaje claro: el mar. “Empiezo a mirarlo con la intención de que sea el punto de partida para cambiar mi forma de pintar”.
Volver a mirar
Desde entonces, el gesto se repite: observar, esperar, traducir. Pero no desde lo contemplativo. Noguerol mira el mar como quien estudia un lenguaje en movimiento. “En sus patrones fugaces e impredecibles encuentro momentos que me interesa emular en la pintura”. Es ahí donde aparecen las capas, las veladuras, los gestos. Una pintura que no representa el mar, sino que intenta capturar su comportamiento.
Dos lenguajes, una misma necesidad
La obra de Noguerol no es inmediata. Se construye. Cada capa, opaca o translúcida, responde a una búsqueda emocional. “Las utilizo hasta que la obra alcanza la carga que busco”.
Incluso el texto, cuando aparece, no es ornamental. Es directo, casi inesperado. “Está más ligado a los stills de películas o a los memes que circulan en redes”. Hay algo contemporáneo en esa tensión: entre lo pictórico y lo digital, entre lo íntimo y lo compartido.
Una espiritualidad sin nombre
En sus trabajos más recientes aparece otra dimensión: la espiritual. No como afirmación, sino como descubrimiento. “Es una búsqueda de la que recién soy consciente”, dice. “La espiritualidad es eso que me mueve y que no puedo explicar”.
Y en ese proceso creativo, entre ensayo, intuición y repetición, ocurre algo cercano a lo inexplicable: “Es como tener un pozo de agua disponible, acceder a él y materializar ideas”.
Pintar la costa, pintar lo que somos
En el Perú, el mar no es solo paisaje. Es historia, alimento, frontera, memoria. Noguerol lo entiende así: “Pintar la costa es la forma más honesta de hacer arte. Es pintar el espacio que habito”. Debajo de esa línea azul, aparentemente constante, hay capas invisibles: civilizaciones, conflictos, desplazamientos. “Conocer ese pasado es sumar capas que van más allá de lo pictórico”.
Un momento para detenerse
En 2026, su trabajo forma parte de la propuesta de la galería Vesper Tzu en Pinta Lima, una de las ferias de arte contemporáneo más relevantes de la región, que reúne a artistas y galerías en un espacio de encuentro internacional. La galería presenta una selección que articula distintas miradas sobre la materialidad, el territorio y la sensibilidad contemporánea, junto a artistas como Yone Makino, Marialejandra Lozano, Inés Wiese o Abel Bentin.
En ese contexto, la obra de Noguerol se expande. “Siempre es un buen momento para que el público vea mi trabajo reciente”, comenta. Pero hay algo más: “Es interesante ver cómo dialogan y armonizan las obras entre artistas. Ahí se percibe el potencial colectivo”. En medio del ruido de la feria, su expectativa es simple: “Que alguien se detenga y se identifique con algo que también le pertenece: la costa”.
Lo que aún falta
Después de una exposición antológica y una reciente muestra individual, Noguerol ha revisado su propio recorrido. Y, al mismo tiempo, ha abierto otra puerta. “Se me ha abierto un camino hacia todo lo que aún me falta pintar”, dice. Algo cercano a una epifanía.





