Por: Vania Dale / 05.08.2019
La actriz neoyorquina, protagonista de Russian Doll y Orange Is the New Black, es dueña de un carisma inusual, una voz ronca y singular, una melena alocada y enormes ojos marrones. Así como también, de una historia de vida que es una lección de reivindicación y reinvención.

 

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A mediados del 2005, los medios internacionales anunciaban el ingreso de Natasha Lyonne en la Unidad de Cuidados Intensivos del New York City Beth’s Israel Hospital. “Lucha por su vida” o “El infierno de Natasha” eran algunos de los titulares. La actriz —quien entonces era más conocida por haber aparecido en películas como American Pie y Slums of Beverly Hills— había tocado fondo: a sus veintipocos no solo era adicta a la heroína, sino que presentaba un cuadro complicado que incluía hepatitis C y un pulmón colapsado.

Su lista de problemas con la ley también era larga por ese entonces. Había sido arrestada por conducir ebria en el 2001 y en el 2004, condenada por mala conducta, invasión de propiedad privada y hostigamiento, entre otras perlas que fueron recopiladas al detalle —y casi podría decirse que con perverso placer— en los blogs de chismes de la farándula que pululaban online a inicios del milenio.

Hija de una familia judía ortodoxa, Lyonne pasó gran parte de su infancia en Israel. Ya una joven adulta en Estados Unidos, rápidamente se convirtió en una de las actrices favoritas del cine independiente, pero tuvo que abandonar una incipiente carrera de cineasta por causa de su adicción.

El punto más bajo del hoyo en el que estaba o “el fondo de la barriga de la bestia”, como llamó a ese periodo de su vida en una entrevista concedida a Entertainment Weekly, llegó en el 2012 cuando tuvo que someterse a una cirugía de corazón abierto por —aparentemente— complicaciones relacionadas con su ingreso en Cuidados Intensivos ocurrido el 2005.

En esa entrevista, una resignada Natasha hablaba de que solo actuaría “para pagar la renta” y dejaba entrever su preocupación por su futuro en la industria con frases como “en lugar de pasar tanto tiempo preguntándome si me van a contratar o si es un problema que tenga esta historia de adicción a la heroína, tengo que seguir haciendo lo que estoy haciendo y tratar de ser decente”, con las que parecía querer recordarse a sí misma que debía mantenerse enfocada en su recuperación por sobre todo.

Sin embargo, apenas al año siguiente de su intervención quirúrgica, cual ave fénix, la actriz volvió a la pantalla en la piel de Nicky Nichols, la convicta lesbiana que se convirtió rápidamente en una de las caras más queridas de la exitosa Orange Is the New Black, cuya séptima y última temporada se estrenó el mes pasado. Un personaje que alberga asombrosas “coincidencias” con la actriz, que van más allá de las aparentes similitudes en sus personalidades.

Nicky Nichols le dio a Natasha Lyonne reconocimiento real, un contexto. “Antes caminaba por la calle para ir por un café y la gente me miraba como preguntándose ‘¿Fui a la secundaria con ella?’. No podían ubicarme. Ahora definitivamente saben quién soy. Soy esa prisionera de ese programa de televisión”, bromeaba en una entrevista para i-D sobre su personaje, que le valió una nominación a los premios Emmy en el 2014.

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La renacida
Así como el punto más bajo en la vida de Natasha es fácilmente reconocible, también lo es el más alto. Y definitivamente lo representa Russian Doll, la comedia negra de Netflix que creó junto con sus amigas Amy Poehler, protagonista de Parks and Recreation, y Leslye Headland. ¿Quién mejor que Natasha, quien a sus 40 años conoce por experiencia propia el significado de la palabra “renacer”, para interpretar a Nadia Vulvokov (nótese la alusión a los genitales femeninos en la fonética del apellido de aparente origen ruso), la programadora de videojuegos que muere y vuelve a la vida en el día de su cumpleaños número 36?

La serie, que ha cosechado gran éxito en su temporada de estreno y que ya alista una segunda, es un hito importante en la carrera de la actriz no solo porque en ella Natasha trasciende el plano actoral para participar en la dramaturgia y hasta en la dirección, sino porque, además, está clara y confesamente inspirada en su vida: es una alegoría de su relación con la adicción y —por qué no— una forma de redención.

Hoy más que nunca es evidente que Natasha ha sabido sacarle la vuelta a los reveses de su vida no solo asumiendo responsabilidad de sus actos, sino dejándose inspirar en los propios errores que en el pasado generaron su comportamiento errático. Y muestra de esa auténtica superación es la siguiente frase, que soltó en una entrevista con The Guardian en el 2017: “Estoy aburrida del tema. Soy un libro tan abierto que no tengo ningún problema en hablar sobre el asunto, y hablar libremente, pero ya he dicho bastante”, dijo respecto de su problema con las drogas. “La verdad es que, detrás de esa adicción, hay sentimientos que muchos de nosotros tenemos, que no desaparecen. ¿No tenemos derecho todos a un cortocircuito existencial en la vida?”, reflexionó. “La adultez implica hacer las paces con uno mismo y ser amable en vez de responder de manera más orgánica e inmediata, que sería autodestruyéndose”.

“¿No tienen derecho todos a un cortocircuito existencial en la vida?”. Esas palabras quedaron resonando en mi cabeza. Parece que Natasha quisiera decirnos: “Sí, fui una adicta, y no es gran cosa. Estoy viva”. Y no porque en su momento no fuera gran cosa, sino porque simplemente la vida —felizmente para ella— sigue. Sí, todos deberíamos tener licencia para volvernos un poco locos, si y solo si tuviéramos la capacidad de recuperamos —y de renacer una y otra vez— tan bien como lo hizo Natasha.

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