El arte como un discurso propio y no como elemento decorativo; la obra como objeto relevante, casi esencial dentro del espacio vital.
Eso es lo que nos muestra la asesora de arte y presidenta del Museo de Arte Contemporáneo de Lima, Meg de Romaña, en su departamento.
Para Meg de Romaña no hay hogar que no albergue una pieza de arte. Puede ser una reproducción, una estatuilla, un póster... Simplemente, no existe la posibilidad de ocupar un espacio en el que nose conviva con un objeto de contemplación. En su departamento, donde priman la fotografía y la escultura, cada obra cumple un propósito: puede traer a la memoria a una persona o una etapa de su vida; establecer un punto de vista o, sencillamente, generar una necesaria sensación de calma.
El hecho es que el arte dice cosas, se presenta ante quien lo admira. En otras palabras: se convierte en un habitante más. Bióloga de carrera y con dos maestrías en Ciencias,el primer acercamiento de Meg al mundo del arte se dio mientras vivía en la ciudad de Nueva York, donde pasó más de una década. Ahí, sus frecuentes visitas a museos y galerías la atrajeron hacia una nueva vocación. A su regreso en Lima, comenzó trabajando para la feria de arte contemporáneo PArC y luego asesorando a amigas, recomendándoles gusto hicieron que su nombre empezara a llegar a más gente. ¿Y cómo podría asesorar a personas que no conocía? Valiéndose de su base científica, generó un método que le permitía conocer las sensibilidades ajenas, explorando en sus preferencias estéticas.
“El arte, más allá de una inversión, es un acompañante en tu vida diaria. Te trae paz o un tema de conversación... Al final, las obras que viven contigo representan quién eres”, afirma la actual presidenta del MAC Lima. Quizá por eso ella misma, en su naturaleza curiosa y observadora, ha vestido sus muros con fotos artísticas, ya que es el lenguaje que más le atrae. “Siento que veo a través del ojo de otra persona”, comenta. En aquellos rincones que requieren tridimensionalidad, eso sí, opta por jugar con los volúmenes de la escultura.
Aunque cada cierto tiempo cambia de sitio los elementos de su colección —solo que menos seguido de lo que ella quisiera—, algunos de ellos forman casi parte estructural del conjunto. Es el caso, por ejemplo, de la composición de Jacques Bedel que enmarca la sala sobriamente decorada en tonos neutros, negro y dorado. Las nubes del trabajo de Bedel fueron un leitmotiv involuntario en una época de la vida de Meg, y hoy perviven en este espacio inundado de luz natural.
Los libros también son parte de su cotidianidad y su acercamiento hacia lo artístico. Por eso su biblioteca es uno de sus ambientes predilectos. En ella reúne volúmenes de teoría del arte, historia, libros de fotografía, caricatura, ensayos y, por supuesto, abundante literatura. La lectura no solo la estimula, sino que es un vehículo a través del cual acerca a los artistas con quienes compran sus obras; de hecho, siempre que vende una pieza, recomienda leer una biografía del artista.
Muy cerca de la entrada de su departamento, Meg nos señala un collage de Herbert Rodríguez que retrata el Perú de los ochenta, cargado de violencia, dolorosamente parecido al de hoy. “Estas son obras que traen siempre un tema, ¿no? No solamente es verla y decir ‘¡ah, qué bonita!’. A veces, una obra puede no ser estéticamente o visualmente maravillosa, pero es su trasfondo lo que la hace valiosa y potente”, concluye.
En este hogar donde habita el arte, el interiorismo apunta hacia lo discreto para dejar que los verdaderos protagonistas cuenten su historia; incluso aquellos que dicen cosas capaces de incomodar.







