Por: Vania Dale / Fotos: Fernanda Casillas / 12.07.2019
La diseñadora y modelo Micaela Gálvez ha ido montando un espacio propio en Ciudad de México. En este departamento luminoso y acogedor de los años sesenta habita junto a sus objetos preferidos que además de su propia historia, cuentan la de Micaela.
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Un muñeco hecho y comprado en Huancavelica en el centro de la cama; tres postales de un viaje a Portugal pegadas con tape sobre la mayólica celeste junto al espejo del baño; un cenicero de metal en forma de mosca que le recuerda a uno que tenía su abuelo y que compró en Marruecos —justamente porque le recordó a su abuelo, pues ella ni fuma—; semillas de la selva peruana, corales de Tulum… “Soy muy cachivachera”, admite Micaela Gálvez. “A veces ya no tengo dónde meter las cosas”.

Pero no hay que confundir la manía del acumulador con el alma del romántico, del atesorador de historias (aun cuando a veces haya un poco de ambos en cada uno): el espacio de la modelo y diseñadora peruana no revela ningún tipo de trastorno, sino más bien una sana predisposición a rodearse —y regodearse— de lo vivido a través de los objetos; aunque siempre mirando al futuro, a la promesa de lo desconocido. Esa promesa que hace ya dos años la llevó a mudarse a México.

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“Había llegado a un punto de mi vida en el que necesitaba hacer un cambio porque todo se me hacía muy conocido y cómodo”, confiesa. Micaela se dedica al modelaje desde los 17 años y fundó su marca de accesorios, Metric, hace cuatro. Podría decirse que conocía bien los dos lados de la industria y que Lima empezaba a quedarle chica. Ese punto de quiebre implicó empezar prácticamente de cero: ir a probar suerte a un país del que se había enamorado ya años atrás, cuando lo conoció durante sus vacaciones. “Entonces, a los 30, con mucho miedo y las dudas propias de la edad —y la certeza de que ya no soy una chiquilla—, dejé Lima para experimentar algo diferente en México, donde no conocía a nadie más que a mi tío Aldo”, cuenta. Se refiere al artista plástico peruano Aldo Chaparro, quien reside en el país de Frida Kahlo y de Gabriel Orozco desde hace más de dos décadas, y que es –más que tío– gran amigo de Micaela. Y fue siempre una figura clave para ella, a pesar de la distancia. De hecho, su estudio en CDMX se convirtió en el hogar de la diseñadora durante los primeros meses. Ahí prácticamente convivía con los ayudantes de Aldo. “Por curiosa iba preguntando y aprendiendo nuevas cosas”, acota Micaela. Ella actualmente está encargada de la producción de las pinturas en el estudio de Chaparro, pues “en nadie podría confiar más para ese trabajo que en ella”, dice el propio artista.

“Las razones por las que uno puede migrar son muchas”, reflexiona Aldo Chaparro, desde CDMX. “Yo salí de Lima en los peores momentos del terrorismo; Micaela salió por diferentes razones, en su caso internas, por el deseo de no conformarse con lo que tenía, por abandonar esa zona de confort a la que fácilmente nos acostumbramos los limeños, y todas las engañosas comodidades que tu ciudad natal siempre tiene bajo la manga”.

“Micaela es una versión potenciada de toda la locura y perseverancia de nuestra familia: ella es de esas personas que siempre caen de pie”, asegura Aldo. Y ese ambiente lleno de arte que la acogió desde el primer día y, sobre todo, una sesión de fotos que protagonizó en Tulum un día después de su arribo a la ciudad, fueron señales de que Micaela había caído en el sitio correcto.

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Abrazar lo nuevo
Desde hace dos años la peruana vive en Roma, un distrito de la CDMX (o “colonia”, como le dicen los mexicanos) que a falta de un mejor adjetivo y para las facilidades del caso se sigue etiquetando como “bohemio”. En definitiva es una de las zonas de mayor agitación cultural de la capital mexicana. “Me recuerda a Barranco”, dice Micaela. “Está lleno de tiendas de diseño, de cafés y restaurantes. Me gusta mucho el contraste que se ve entre departamentos de arquitectura moderna y antigua”.

Para ella, hay dos cosas que no pueden faltar en el lugar que habita: la luz y las plantas (las tiene hasta en el baño). “Mientras más aspecto de selva tenga, mejor”, dice. Es por eso también que le gusta tanto CDMX. “Me da muchísimo en todo sentido. Es muy verde, muy salvaje… es una ciudad para perderse. Y sigue siendo nueva para mí. Ese factor sorpresa es tan importante… Si hay algo que a mí me mata, es la monotonía, la rutina, hacer algo todos los días a la misma hora y en el mismo lugar”.

Por ello, el modelaje le ha resultado siempre tan atractivo. Seguramente por eso, también —por ese mismo rechazo a la redundancia y la inercia—, Micaela ha ido implementando su departamento sin planearlo demasiado, ha traído uno a uno los elementos que lo adornan, objetos de aquí y de allá: de mercados de pulgas, de tiendas de antigüedades y sobre todo de viajes… Ítems que, justamente, remiten a experiencias alejadas de la rutina, a descubrimientos y aventuras, a diferentes lugares y momentos en que Micaela fue feliz de una manera espontánea e inesperada.

Lo mismo ocurre en el diseño de accesorios. Metric se vende actualmente en CDMX, Monterrey, Tulum, Kuwait y Lima (en la tienda Dédalo), pero incluso su producción ha aprendido a adecuarse a su entorno. Micaela dice que está abriéndose “a diferentes cosas, porque si no encuentro a la persona indicada que me haga determinado trabajo, volteo a ver qué alternativa me ofrece la ciudad”. Hace poco, CDMX le ofreció pedrería, por ejemplo. “Yo antes no trabajaba piedras, y ahora estoy desarrollando una línea de cuarzos, aunque siempre acorde a los pilares de la marca. Estoy disfrutando mucho el proceso”, asegura.

Es así en todos sus espacios. Si tiene en mente algún objeto o mueble en específico que necesite, pero que no encuentra, se lo manda a hacer. “En general, me mando a hacer muchas cosas para que sean exactamente lo que busco. En ese sentido, si se me mete una idea en la cabeza no paro hasta conseguirla”, afirma.
Esa es una filosofía que Micaela aplica no solo en lo que a interiorismo se refiere. Si bien la idea de irse a vivir a México le anduvo rondando por la cabeza durante mucho tiempo, la determinación fue clave (y la espontaneidad también). “Aplazaba el viaje mes a mes, hasta que un día simplemente agarré mis cosas y me fui”, relata. Ese desapego intempestivo pareciera contradecirse con su tendencia a atesorar recuerdos en forma de objetos. Pero es que para crecer no solo es clave desarrollar raíces fuertes, sino también encontrar suelo fecundo.

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