Por: Rebeca Vaisman / fotos por Leslie Hosokawa / 04.04.2019
La arquitecta y el artista plástico ocupan desde hace 20 años un remodelado rancho miraflorino de 1920 donde conviven el arte, el diseño y una encantadora manera de vivir.

Les tomó cuatro años encontrar la casa perfecta. Y cuando lo hicieron, resultó que era totalmente imperfecta. Me explico mejor: la casa en sí misma no les gustaba; aún más, su distribución no funcionaba para nada. Y estaba en muy mal estado. Pero su ubicación les encantaba, sobre todo por su cercanía al malecón. Además, el rancho miraflorino de finales de la década del veinte tenía historia. Algo que sin duda atrajo a la arquitecta polaca, que venía de una exitosa y larga práctica en la histórica Florencia, y al artista plástico peruano de las múltiples personalidades y amplia obra.

No obstante, en algún punto de su renovación absoluta, cuando estaba sin piso y sin techo, y se dejaban ver las paredes de tierra, Eva Pest y Alberto Casari llegaron a pensar que habían hecho una pésima inversión. Pero esta casa imperfecta tenía algo que ni los años ni el poco cuidado habían alterado. Y esa atmósfera, esa presencia era lo que estaban buscando.

“Nos gustó el sentimiento que tuvimos cuando entramos”, recuerda Eva. “Esa sensación de que el lugar es tuyo y de que te puedes acomodar. Que es tu cueva, donde puedes armar tu hogar”. Pero si el espíritu del espacio los cautivó, físicamente la transformación fue ardua. La casa tenía únicamente un baño que estaba fuera del volumen central; también la cocina quedaba apartada. Los ambientes interiores se conectaban a través de un típico hall de distribución y para entrar a una habitación había que atravesar otras. La funcionalidad no será nunca lo primero ni lo único para la pareja, que mira el diseño desde un punto de vista mucho más personal: pero la casa simplemente no era práctica. No tenía que ver con su forma de vida.

Así que la remodelaron completamente. No solo resanaron la parte original en adobe, también construyeron una zona nueva de concreto. Hoy es un edificio de dos plantas, con el suficiente espacio para que el área social discurra plácidamente, mientras que en el segundo nivel el dormitorio principal mira desde arriba el jardín, e incluso hay espacio sobre el techo para un pequeño patio lleno de plantas y un depósito generoso donde Alberto archiva bastante meticulosamente su obra. Aquí conviven el arte de Alberto y los diseños de Eva, además de otros objetos recopilados a lo largo de los años. Y es hogar de sus dos perras rescatadas y bautizadas con los poéticos Tilsa y Bruna.

Es también una casa con una luz natural muy bonita que se debe a la teatina central y a las mamparas que dan al jardín. Es fresca durante el verano y tiene una cámara de aire bajo los pisos nuevos, que Eva pensó como una forma de contrarrestar la humedad. Apenas entrar por la puerta principal, la vista se deja llevar por la perspectiva que se abre a la sala y que atraviesa el comedor hasta dar con el verde.

Es una casa que no era perfecta pero que se fue transformando para cobrar una nueva vida, al alimentarse de la energía de quienes la habitan.

 

Los genios del lugar
También les tomó algún tiempo encontrarse, y esa es una historia que amerita un capítulo propio. A manera de resumen, puede contarse que Alberto se fue del Perú en 1979 en pos de una chica italiana que había conocido en Cusco. Con solo télex y promesas de por medio, inició una aventura de mochilero que lo llevó a Bolivia, Brasil (“vendiendo collares, recontra freak”, dice) y la Guayana Francesa, donde un buque griego lo empleó como marinero y desembarcó en Europa tras siete meses en altamar. Estuvo primero en Rumanía, luego en Grecia y finalmente llegó a Italia. Si bien llegó a reunirse con la chica que motivó la peripecia, fue en Italia que conoció a su primera esposa, madre de su hija Olivia (quien, debido a la naturaleza inquieta de su padre, nació en Cuzco en 1982), matrimonio que concluyó siete años después.

Por aquel entonces Eva llevaba casi 25 años viviendo en Florencia. Nacida en Polonia, cuando era muy niña se fue con sus padres a Israel, pero su carrera como arquitecta la vivió en Italia. Fue ahí que aprendió a intervenir y remodelar lugares de genio tan intenso como una villa de los Médici del siglo XV, o como aquel departamento en pleno centro histórico, por la Piazza Santa Croce. Aún conserva cada plano dibujado a mano; son piezas lindísimas, además. Alberto tiene razón cuando le dice que debería hacer algo con ellas. Eva también estaba recientemente divorciada en 1991 cuando una amiga en común les dijo que tenían que conocerse y organizó una fiesta con tal fin. Fue un éxito.

Entre 1991 y 1996, Pest y Casari vivieron juntos en Florencia, “hasta que yo siempre movedizo, la convencí de venir al Perú”, confiesa Alberto. “Yo vine por él; me pareció que su futuro como artista estaba aquí. Porque yo en Firenze estaba maravillosamente bien”, se ríe Eva, que aún llama a la ciudad por su nombre en italiano. Regresan casi todos los años.

En Lima fundaron PPPPDesign, tomando como punto de partida el nombre de Productos Peruanos Para Pensar, una actividad artística ficticia que Alberto había iniciado en 1994 para grupar la obra que se permitía firmar con su nombre y con tres alias: Alfredo Cobarrubias, El Místico y Arturo Kobayashi, cada uno con una personalidad y un interés artístico distinto, pero todos como parte de un juego esquizofrénico y multidisciplinario del propio (y único) Alberto Casari.

En Lima fundaron PPPPDesign, tomando como punto de partida el nombre de Productos Peruanos Para Pensar, una actividad artística ficticia que Alberto había iniciado en 1994 para agrupar la obra que se permitía firmar con su nombre y con tres alias: Alfredo Cobarrubias, El Místico y Arturo Kobayashi, cada uno con una personalidad y un interés artístico distinto, pero todos como parte de un juego esquizofrénico y multidisciplinario del propio (y único) Alberto Casari.

A través de PPPPDesign, Eva creó objetos como teteras, candelabros y una serie de piezas en plata. Luego se le ocurrió que la mejor manera de fusionar su experiencia en el diseño industrial y la práctica artística de Casari era mediante el rubro textil, y se especializaron en alfombras de notable plasticidad. Hoy el estudio ha dejado de lado la producción de pequeños objetos y ha privilegiado el custom design: se encarga de proyectos integrales que abarcan desde la arquitectura o la remodelación, hasta el interiorismo y el diseño de mobiliario, accesorios y alfombras a medida. “Yo no concibo un arquitecto que diseña una casa y no piensa cómo va a ser el tirador de la puerta”, sentencia Eva. Su casa es el mejor ejemplo de la forma en que ellos entienden su quehacer. Y aún más, la vida.

 

Energía creativa
Eva acaba de volver a Lima luego de una estadía de dos meses en Israel. Es un tiempo de cambios, de ciclos que se cierran, de despedidas. “Estamos en una época de nuestra vida en la que queremos ir minimizando las cosas. Siento que es un alivio no arrastrar tanto”, explica ella, tomando un café en la sala de estar. “Yo solo necesito sentir la luz y la ventilación, que el espacio fluya y que sea armónico, y que tenga vistas. Está la parte funcional, claro, pero aún más importante que eso es el genius loci, que uno se sienta cómodo y que las personas que entren se sientan acogidas. ¿Tú qué dices, Alberto?”, le pregunta Eva. “Yo no tengo mayores exigencias. Lo único que quiero es espacio para mis obras”, responde él con una sonrisa que las paredes del estar —cubiertas con fotos de decenas de piezas, pues está trabajando en un catálogo total— no desmienten.

Mientras prepara también la muestra que se inaugura a comienzos de abril en el Museo de Arte Contemporáneo, Alberto está pensando mudar su taller a la casa. Eso implicaría planear una nueva remodelación, una idea que les hace feliz a los dos. “En el fondo no necesitamos mucho espacio”, asegura Eva. “En Firenze vivíamos en 50 m², el departamento tenía de todo y era comodísimo. Me estresa pensar que hay espacios en mi casa que no son esenciales”.

Aunque los ambientes conservan mucho del arte y del mobiliario creados por ambos, Eva asegura que las cosas que ella hace “las va superando”. “¿Quieres saber en qué pongo actualmente mi mayor energía? En salvar animales”, me dice y ante un segundo de desconcierto, Alberto muestra un file que está sobre el escritorio, en el que se lee la inscripción “Esperanza Callejera”. “Es la ONG que he fundado para rescatar animales de la calle. Por cierto, hazte fan”, pide ella. Tiene una risa encantadora.

En la mitología romana todo lugar poseía un espíritu protector. Se trata de la naturaleza misma del espacio. El genius loci, como dijo Eva, intentando la mejor descripción de algo que no es más concreto que una sensación, una intuición o una conexión. Como la que percibieron ellos apenas pusieron pie en esta casa. Y que, sin duda, sigue haciéndoles compañía.

 

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