Por: César Becerra / 13.11.2019

A punto de cumplir 70 años de edad, Pedro Almodóvar volvió con Dolor y gloria, película que toma elementos biográficos como inspiración para profundizarlos, torcerlos y exagerarlos —tal como ha hecho a lo largo de su carrera—, aunque esta vez la ficción luce como el retrato más exacto del director español.

'La película me representa absolutamente, la que más de toda mi filmografía, pero digamos que no es mi vida al 100 %', dijo Pedro Almodóvar a la revista Esquire sobre Dolor y gloria en marzo de este año. Hay siempre un interés —a veces curioso, a veces inquisidor— por saber cuánto material biográfico hay en la obra de un creador de ficciones. A Almodóvar se lo han estado preguntando bastante, sobre todo porque la película se cataloga como la más personal de su repertorio, la más autobiográfica, la más potente en emociones.

Es razonable sostener que Salvador Mallo —Antonio Banderas, ganador de una Palma de Oro de Cannes por esta interpretación— es un alter ego de Almodóvar. Es un veterano director de cine, gay, operado de la columna vertebral y víctima de una crisis existencial. 'No habría guion si no hubiera sido operado de la espalda y vivido el largo posoperatorio y la inmovilidad que vino después', escribió Almodóvar en una columna del diario El País. Que la casa de Mallo sea una reconstrucción de la casa de Almodóvar —con sus muebles, sus obras de arte, sus libros— es un detalle que ahonda en la etiqueta 'autobiográfico' y también que el protagonista use el mismo estilo de ropa o el cabello entrecano y parado. Es más, cada letra que compone el apellido Almodóvar está presente en 'Salvador Mallo', a modo de anagrama.

La verdad de las mentiras

Dejemos aquí cualquier análisis o comentario adicional sobre Dolor y gloria, no sin antes copiar un fragmento de La verdad de las mentiras (1990), de Mario Vargas Llosa: 'Los hombres no viven solo de verdades; también les hacen falta las mentiras (…) La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar'.

La cita del Nobel peruano se conecta con lo que hacía Francisca Caballero, ‘Paquita’, la madre de Almodóvar: como sus vecinas eran analfabetas, ella les leía las cartas que recibían, pero también enriquecía la lectura con frases que a ella se le ocurrían, para hacerlas sentir mejor. Ficciones que, como señala Vargas Llosa, enriquecen la existencia y la completan.

Almodóvar es un fabulador. Por eso es cineasta, no reportero ni documentalista. Pero el éxito de su estilo radica en la verosimilitud de sus historias y personajes, por más inusuales o excéntricos que parezcan, en especial aquellos de los años ochenta y noventa. Lucen reales, cercanos, dignos de ser queridos, como La Agrado, personaje transexual en Todo sobre mi madre. 'Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma' es el remate del monólogo final de La Agrado, línea inspiradora capaz de conectar y conmover a cualquier ser humano.

Las mujeres son protagonistas supremas de sus películas. Chus Lampreave —'fue la que mejor interpretó los personajes ins-pirados en mi madre', escribió cuando la actriz falleció en el 2016—, Carmen Maura, Rossy de Palma, Marisa Paredes, Victoria Abril, Cecilia Roth o Penélope Cruz son algunas de las llamadas 'chicas Almodóvar', actrices que interpretaron a mujeres con intensas historias de vida y una complejidad emocional que, desde la aguda mirada del director, expresan el mundo interior femenino de forma sensible, leal con sus fortalezas y debilidades, siempre chispeante. 'Mujeres muy libres, luchadoras y con gran autonomía moral', las describe él mismo.

'Es un misterio, pero él puede saber cómo nos sentimos y cómo estamos', aseguró a The New York Times la actriz Adriana Ugarte —que Almodóvar convocó para la película Julieta (2016)—. El misterio en realidad es una consecuencia. Pedro creció en Calzada de Calatrava, una tranquila y pequeña localidad de Castilla-La Mancha —por eso le dicen manchego—, con padres tradicionales, donde la presencia femenina fue vital.

'En los años cincuenta siempre íbamos acompañados de nuestras madres, en cualquier situación: en el río, donde bajaban a lavar la ropa; en el patio, donde trabajaban, cantaban, reían, parloteaban y comentaban qué sucedía en el pueblo', contó Almodóvar a la revista Bocas. 'Fueron responsables de mi primera educación y descubrí la vida a través de ellas, así como el futuro, porque hablaban de quién estaba embarazada, de los niños. Como solo contaba cuatro años de edad, mi madre y sus vecinas hablaban con total libertad frente a mí, sin ser conscientes de que estaba escuchándolas y tomando nota de todo'.

Tantas veces

Gran parte de Almodóvar como creador se explica desde el contexto de su juventud, pues coincidió con la movida madrileña de los ochenta: movimiento contracultural en donde el arte explotó como rechazo a lo conservador y la dictadura franquista.

'Aquella etapa ha sido definitiva en mi vida, sobre todo como cineasta. Si no hubiera empezado entonces, no hubiera podido hacer ninguna de las películas que he rodado', dijo a Bocas. Almodóvar —quien durante esos años tuvo una banda punk, escribió para fanzines y realizó sus primeros trabajos audiovi-suales—, es un icono forjado en esta época boyante de creatividad. El espíritu kitsch, la sexualidad sin tabús y el humor negro son atributos de la movida que se aprecian en su cine, sobre todo el de los primeros años, etiquetado como polémico y provocador.

Sobre el arte de Pedro —que va desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) hasta Dolor y gloria (2019)— se puede escribir mucho. El uso de la simetría, la intensidad cromática, el contexto histórico y social, la transgresión, en fin: hay ensayos, libros y hasta cursos universitarios que estudian su obra. Es que el trabajo de este director, productor, guionista y escritor es ampliamente reconocido. Su apellido, de hecho, tiene la potencia de un género, de una etiqueta o de un sinónimo que remite a una expresividad estética particular, tal como ocurre con Hitchcock, Kubrick o Tarantino.

Ha ganado dos veces el Óscar: Mejor Película Extranjera por Todo sobre mi madre en 1999 y Mejor Guion Original por Hable con ella en el 2003. También ha sido galardonado —y nominado muchas veces— en los Globos de Oro, en el Festival de Cine de Cannes, los Premios Bafta, los Goya, entre otros. Es también Doctor Honoris Causa en las universidades de Harvard y Oxford. El último premio es el León de Oro de Honor del Festival de Cine de Venecia 2019 por su influyente trayectoria.

'Podría hacer un relato autobiográfico citando mis veinte películas, pero estoy hambriento de futuro y de que el futuro sea lo más largo y longevo posible. No miro atrás', ha dicho Almodóvar. Aunque en otra oportunidad sí precisó la importancia de la memoria y la reflexión, lo que resulta sincero, pues suele rascar la olla de los recuerdos para alimentar sus películas: 'Mirar para atrás tiene algo sanador, y consigues entender por fin aquello que ocurrió y que, a menudo, actuaste sin comprender lo que pasaba, por lo que lo hiciste fatal', declaró hace unos meses en una entrevista en la que también dijo que 'envejecer me está resultando durísimo'. Ojalá que Pedro, representante de un cine intenso y vital, aún mantenga siempre vivo el deseo, que él mismo ha definido como 'el carburante de la vida'.

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